¿LA TIERRA PARA QUÉ?
Ana Milena López de Vélez*
Tres millones de hectáreas van a ser devueltas a 460.000 familias campesinas despojadas de ellas por la aplicación organizada de la fuerza. Los despojadores hasta ahora exhibían los papeles firmados suponiendo que nunca, nunca, las leyes colombianas dirían que esos papeles habían sido firmados con consentimiento por violencia, lo cual anula la voluntad en los contratos. Pues sí lo hicieron. El Estado colombiano y la suprema Corte de Justicia han intervenido para reparar el enorme daño sufrido y así corregir la injusticia colectiva contra comunidades campesinas, indígenas y negras.
El muro de silencio de millones de colombianos callando indiferentes ante tanto despojo y sufrimiento, cayó vencido por los ríos de lágrimas derramadas por aquellos en estas últimas tres décadas. Y debo decirlo, el Estado colombiano nos ha dado ejemplo a nosotros, la sociedad indiferente. Apenas estamos empezando a entender lo que ha sucedido, y ojalá seamos mejores personas y más participativos ante lo que sucederá.
Tierra… casi todos sabemos lo que es volver a empezar. Aún arrancando con todo el entusiasmo desde el primer día, llenos de confianza como individuos y como comunidad, toma tiempo recuperar la capacidad productiva. Lo último que querríamos ver sería a nuestro Presidente Santos pasar por nuestras tierras recién devueltas subido en una enorme locomotora acompañado de un grupo de personas reconocidas como “empresarios eficientes del agro”. Desde luego, no debemos producir los productos que ya traen en los vagones de carga de la locomotora, importados a través de los Tratados de Libre Comercio: leche… no, leche no necesitamos producir; huevos… no, no necesitamos producir; arroz… no, arroz no necesitamos; maíz… no, maíz no necesitamos. No. Ellos tienen mucho afán en hacer extraordinarios negocios de grandes volúmenes que solo ellos pueden producir. Y principalmente, de común acuerdo con los organismos inversionistas internacionales, quieren comprar la tierra que pisan y los recursos naturales que sustentan.
Algo pasa. Estamos desconectados de nuestro Presidente y su equipo de trabajo. O ellos están desconectados de nosotros o nosotros de ellos. Colombia se encamina con hechos y de la mano del actual Plan Nacional de Desarrollo a privilegiar los empresarios eficientes del sector agropecuario. No interesa si su idioma es inglés o chino, eso es lo de menos. No interesa si son empresarios extranjeros que estén buscando en Colombia 400.000 hectáreas para comprar y cultivar. ¡Ojo! Nada de “chichiguas” de 3 hectáreas – moda estadística para nuestras fincas productivas – que esas no tienen cabida en los sueños de plusvalía antagónicos a la solidaridad.
Quién lo diría. Ante la globalización, el Estado colombiano va presentándose con un talante de negociador, o mejor, de impulsor de importaciones de alimentos y productos agropecuarios para una población de 45 millones de colombianos. Apenas natural, pues esos alimentos producidos allá son más baratos que los producidos aquí, en nuestras pequeñas fincas de menos de tres hectáreas, o en nuestras haciendas del Eje Cafetero que son hasta… de 200 cuadras. Porque Carimaguas de 15.000 hectáreas en Colombia solo hay una. Y las haciendas de 45.000 hectáreas que soñaba el presidente Uribe aún no se cristalizan porque las tierras están empapeladas.
Si yo me llamo José y no quiero crédito porque sé, de toda certeza la cierta más cierta, que el Banco se me queda con la tierra y ahí si no me la vuelven a devolver nunca jamás… el Sistema jamás va a decir que yo soy un empresario eficiente. ¿Qué voy a sembrar para que me lo compren? ¿Qué voy a sembrar para venderlo a buen precio y que produzca bienestar a mi familia? ¿Cómo se alcanza la prosperidad de que habla el Plan Nacional de Desarrollo sin sacrificar mi sueño de autonomía?
Igualdad de oportunidades para la prosperidad social. “Yo, José, nuevamente parcelero de La Marina-Tuluá, necesito al Estado colombiano al lado mío, para que me proteja de los que van a volver para despojarnos otra vez de nuestras tierras, para que me proteja del hambre y me ayude a iniciar y fortalecer un sistema productivo sostenible, para que le ponga precio a los productos, para que me oriente cómo y qué debo producir, para que me proteja de los que quieren comprar mi tierra cuando me ven padecer necesidad, para que tengamos buenos caminos, escuelas y educación a distancia, internet y telefonía satelital, para que nos proteja con programas preventivos para mantener la buena salud… y tan pronto yo esté fortalecido, le devuelvo lo que me ha ayudado para que se lo facilite a otros que lo estén necesitando…”
Me parece que el tiempo que se requiere para que la Colombia Rural se recomponga, y solamente hablando de este proceso de Restitución de Tierras, es un tiempo importante que abarca más de un presidente. Auto-sostenibilidad es la primera clave. Los excedentes para todos irán llegando planificadamente detrás de la paz y no detrás de las grandes empresas transfronterizas.
*Ingeniera Agrónoma, Universidad Nacional de Colombia. Mestre Agrónoma, Universidade Federal da Bahía, Brasil
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