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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
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Escribir es un oficio noble y libre y la página en blanco se pone en frente a disposición de quien fabula, para reír, llorar, pintar de rosa la realidad o musitar amores. O también podrá la hoja poner ciertas condiciones a la mano que llega hasta ella. Porque la página en blanco es sagrada llama que ilumina y carro divino que lleva mensajes de paz o ira, o de mentiras y verdades. Cuando el escritor decide variar su temática hacia la cosa pública sabe que tiene un compromiso doble, consigo mismo y con la comunidad lectora, ávida de opinión.
Un escritor se llamará columnista porque discute en público con sus lectores sobre un aspecto de la realidad política, social, económica, deportiva o literaria. Con su mirada telescópica ha hecho un paneo sobre la coyuntura en el asunto que trata y pone a funcionar el arado de su pluma. Irá encontrando piedras, arenillas, planos vacíos, nubes o nubarrones como un pájaro que migra o como un topo que taladra por debajo de la tierra. Su discurso irá abriendo grietas, descubriendo velos, iluminando con la linterna las oscuridades y podrá oír sirenas que lo inviten a desviar su camino o salteadores que le amenacen su independencia.
Quien brinda para revistas o periódicos su opinión, está convencido de que su oficio de columnista tiene una responsabilidad de faro y referente, de catalizador, de freno o de impulsador de opinión frente a determinado problema o tema. En periodismo también se ha hablado de quintacolumnistas para designar a aquellos que sistemáticamente fustigan al régimen reinante. Es diferente a escribir un cuento o un poema o incluso una novela, aunque algunas novelas fueron más letales que cien columnas de Calibán o del New York Times.
Una columna cabe en el reducido espacio de una cuartilla. No es un libro como los de Vargas Vila en los que inyectaba con su puño duro invectivas contra poetas, gobernantes y el país. 400 palabras han sido suficientes para crear caos, para tumbar un ministro, o para hacer reflexionar en momentos históricos a la clase política, a los alcaldes o directores de instituciones. La columna recibe este nombre porque se convierte en un obstáculo insalvable para continuar el paso y constituye un golpe en la frente para gentes torpes y rudas en el manejo de la cosa pública. Lo que deja de hacer un procurador en un país lo puede lograr la pluma de un avezado columnista.
No es fácil llegar a ser un buen columnista. Hay que tener mesura para dimensionar el problema de que se escribe, se deben tener fuentes fidedignas, el lenguaje debe ser claro y directo para detectar las fallas o virtudes y ser ecuánime, se debe respetar la dignidad de las personas, y también se debe tener el temple que da la verdad y el convencimiento de estar haciendo lo correcto. A veces se abrirá una llaga, otras se mostrará un camino, se informará, no más, o se hará un diagnóstico. Un grado más de riesgo o de aventura dañará el efecto del pensamiento y cortará la acción si se propone.
Los lectores serán un termómetro del seso del escritor. Los periódicos ofrecen en internet oportunidad para que se expresen acerca de la opinión que exponen los columnistas. Allí se verán lectores ilustrados, críticos serios que desmenuzan la comida y no aceptan razones y contradirán con nuevos argumentos, y otros feroces que arremeterán con sevicia porque el texto toca sus idolillos. Esta es la labor de periodismo. Permitir que las ideas salgan, suban como espuma, entren por las venas, causen escozor o consenso y, por fin, formen una opinión democrática y posible.



