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Jueves, 1 de octubre de 2026
lunes 24 octubre, 2016 a las 7:21 pm

LA SONRISA DEL RÍO

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Bulevar
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy / Loco-mbiano
Leidy
Leidy junto al Río

Pasear por las dos orillas del Río Cali casi todos los días hace que uno vaya acostumbrándose a encontrar y valorar personajes y paisajes que lo identifican. Desde que salgo cogido de la mano de mi novia alzo los ojos para saludar a la señora que asea el edificio de la esquina. Como por instinto, miro hacia arriba para buscar al bichofué que nos saluda desde las 6:00 a.m. en el samán del lado. En su lugar está haciendo presencia una pareja de halcones con su sonido de pito de alarma.

Apenas cruzamos a la izquierda se encuentra el hermoso calabazo del que cuelgan como diez calabacines verdes que alcanzan para adornar todo el barrio. Sigue luego una cuadra desde la que se ve el fondo del río y un puente rápido peatonal. No es muy grato a la vista por la cantidad de basuras. Hay una fila de árboles iguas que albergan a nuestras queridas iguanas. A continuación aparece el escultural Gato de Tejada y su fila de gatas golosas que le hacen la corte.     

A más de los martines pescadores, petirrojos, mirlas negras y grises, carpinteros o ruiseñores, de los pececitos comilones, garzas e ibis negras y ceibas señoras, písamos, acacias, chiminangos, samanes, almendros, palmas varias, a nuestro regreso por la vereda opuesta, encontramos en plena jornada a una esbelta vendedora de jugo de naranja. La admiramos desde hace casi dos años. Puntual madruga a alistar su mesa con mantel, las docenas de naranjas, la exprimidora y empieza a ofrecer el refresco a quienes pasan en autos o a pié a esta hora temprana.

Ella es delgadita, de buena estatura, siempre se le ve alegre y puntual exprimiendo la dulce fruta de la región. Entre tanto transeúnte y personajes típicos que frecuentan estos lugares, ella es una flor con su cara amable. Ya los turistas, paseantes, cuidadores de perros y nosotros esperamos verla junto a la mesa donde ejecuta con gracia su rutinario oficio y trabajo.

Su cara es pequeña, igual que su nariz, ojos y boca. Parece una niña de 25. A nuestro paso volteo mi cara para saludarla y ella, al punto, nos devuelve la mirada y nos desea buen día. No solo saludan sus ojos. Sonríe con toda su cara. Se ha pintado últimamente los labios de azul profundo o violeta intenso que resaltan más su sonrisa. Cuando lo hace deja ver sus dientes y arruga ojos, nariz y labios. Toda ella sonríe con el Río que la mira. Es una sola imagen la que ríe. Ya es parte del paisaje y sería una pérdida si ya no estuviera presente cada mañana con su delantal y su mano atenta.

¿Quién la llamó a vender refrescos sino el Río para ofrecerle a su vez la sombra del árbol y el canto de sus aguas contra las piedras y la ribera? Su presencia hace juego con el paisaje y con la placidez de las aguas que pacen a su lado como un rumiante de cola blanca. Quienes pasan detienen su autos y bajan para comprarle el néctar que sus manos venden y disfrutar de la sonrisa franca que brota de su boca lapislázuli y de su faz transformada.

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