LA SEQUÍA NO SE CURA CON ABRIR EL DICCIONARIO


Loco-mbiano

En algunas épocas el escritor padece de escasez de temas o sequía absoluta en su recámara. Vi por ahí que el remedio o la lluvia están en el diccionario. Bastaría, entonces, abrir en la A y empezar a revisar qué palabra lo animaría o le encendería la lámpara apagada. Pero, no. No es esa la razón para que un ser dedicado a la lectura, al oficio de escribir, alguna vez vea disminuida la ración del día o que, en el peor caso, se encuentre con su alacena totalmente vacía.
También es cierto que al escritor le está permitido descansar, tomarse unos días de reflexión, replantear su forma de diseñar las cuartillas que echa a volar. No solo es conveniente sino del todo necesario. Entre otras razones, al escritor lo asalta el peligro de caer en la rutina, en los lugares comunes, en la repetición. No puede, entonces, transmitir ese lastre a sus lectores.
Deberá, pues, recoger sus trastes, sentarse a meditar, leer a colegas, mirar a su alrededor, leer prosa, novela, poesía, teatro, volver a los clásicos y otear a las nuevas apariciones. Eso, con seguridad no le hará cambiar su estilo, su nido particular, pero sí le dará oportunidad de cotejar su escritura con la brillantez ajena, los temas en boga y el rumbo para donde soplan los vientos con el calentamiento global.
¿Qué es lo que espera encontrar el homínido de hoy? ¿Viajes por mar con tempestades, sirenas que lo atraigan, ir a Marte a poner banderas, rodar como Julio Verne hasta por el centro de la esfera? ¿Está el hombre buscando serenidad, velocidad o encerrarse en su mismedad o ser famoso? Ya están dichas y descubiertas muchas regiones, situaciones y mentiras. Es difícil sorprender con una metáfora o salir desnudo de la caja de Pandora. Son preguntas que deberá hacerse a diario quien escriba para no caer en la mediocridad y la simpleza.
Si bien el diccionario suministra miles y miles de signos que han sido descubiertos por otros, el poder de mezclarlos entre sí lograr realizar lo que buscaron los alquimistas. Crear monstruos o seres o pócimas o armas sobrenaturales y mundos supragalácticos. Lo han intentado cineastas y libretistas. Lo puede también hacer el escritor ante su máquina de letras e imágenes.
El diccionario no es más que otra palabra más. Hay multitud de signos, piedras pintadas y cuevas, nubes altas y huracanes que dan pábulo al escritor para inspirarse. O en la miseria o la intimidad de un mendigo hay canteras para sacar agua, cielos y mieles o tristezas.
El escritor nunca se sentirá atado a un árbol o a un tema. La mente está frente al Universo, fuente inagotable de sorpresas.



