LA ROMÁNTICA CIUDAD DE LAS COLUMNAS ROSADAS


Loco-mbiano

Así rotula El País de España un artículo sobre el peligro que se cierne por la guerra interna en Siria sobre los monumentos arquitectónicos de Palmira. Parece un verso más que un titular. Parece el título de un cuento de hadas o del libro Las Mil y una Noches. Pero apenas es uno de tantos titulares de noticias en este importante periódico de Madrid. Y hay más.
Apenas vemos la fachada de una construcción desde ángulos diferentes y con otra perspectiva o ubicación y luz. Allá en el fondo está, pequeña e indefensa Palmira. Se llamaba antes Tadmor, que traduce La novia del desierto. Y, en verdad, que lucen altivas aún sus ruinas. Como todas las novias. Esta era su cara. No nos quedaron sus caderas ni sus senos, ni sus ojos y pestañas. Ni su espalda ni hombros ni sus pies o manos. El resto de sus restos se lo ha llevado el tiempo envidioso y cruel con el presente.
¿Cómo serían su casa, su vestido, las calles por donde se paseaba, sus alhajas y perfumes? Al frente vemos unos despojos de lo que era y hoy es Palmira, ciudad de Palmerales de dátiles, albergue de beduinos del desierto que saben gritar desde niños el berebere a voz en cuello. Sin duda que hubo y habrá mujeres como la diosa Al Lat o la reina Zenobia de paso lento y ceremonioso, de piel acaramelada que perpetúen la existencia de quienes solo vemos su cara rosada como los dátiles jóvenes.
Ah, qué calor le sube a uno por las piernas, los brazos hasta las orejas de solo ver e imaginar esos sitios donde pisó su bella planta. Sus arcos, los pórticos, su altura, el contorno de la superficie, la perfección de sus relieves… todo nos permite pensar que esa construcción era el reflejo de sus mujeres. Debió ser un como oasis poblado en donde confluían caravanas de camellos de nuca larga, piel de miel y de un olor seco como los odres en que portaban el agua.
Hoy, como aún se les obliga, su ícono tiene el velo de mujer que no deja ver su cuerpo entero. Hay más vestigios de una ciudad culta, mágica, indescifrable que la guerra está haciendo añicos en medio de la fiebre ciega de poder. Ya no circulan caballos ni camellos ni leones ni leopardos por la avenida de 1200 metros. Más sí está llena de tanques, soldadesca y mercenarios. Sobrevive sin el amor de los beduinos por su desierto, terebintos, esculturas, jarrones y construcciones por las que el emperador Adriano la declaró ciudad libre, como lo afirma el autor de la fascinante crónica.




