LA RISA / PRESAGIOS Y TEMBLORES

LA RISA


«La risa, remedio infalible», decía una conocida revista en una sección.
Mueca divertida de la cosquilla anímica, inquieta, irresistible a veces, nerviosa, delatora… la risa.
La risa del chiste, la risa furtiva en la memoria ensimismada, en silencio, en ociosidad privada de la mismidad… La risa de los bobos, de los locos y de los alucinados… Risa irónica, triste, incluso trágica… Y hay risa envidiosa, maligna, envenenada, sarcasmo de mediocridad o frustración… Y risa benévola, bonachona, nacida de la más pura alegría, sincera y natural…
Condenado a reír de vez en cuando, el ser humano salta su rígido cerco de gravedad, se mezcla con el juego libertino y dionisíaco de su descomplicación; abandona máscaras serviles, se salva un poco y momentáneamente de su mal… porque es mejor la risa que la neura, la carcajada que el lamento del dolor…
Quizá la risa delata la ridiculez que tapa la esencia de las cosas, la tragedia que enlutó la sencillez original y nos mandó al infierno de los diablos… Y la risa se burla de sí misma, de su propia hilaridad…
Nos agobia la expulsión del Paraíso, herencia del error; pero la risa nos libra de esa acidez y nos hace comprensible la burla hasta de nuestra propia condición.
Paradoja de la risa; paradoja cómica, curativa y libertaria, la risa contrasta con la eterna seriedad, frialdad y serenidad de Dios, de quien el ser humano no ha inventado una imagen con carcajada entre la faz, al menos en nuestra cultura occidental… Aunque, ciertamente, no se puede negar, la risa es un regalo de los dioses.
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PRESAGIOS Y TEMBLORES
Abundan partículas de terror, mientras tú, morena alta de la noche, alta hasta las nubes y más allá, coronada de luna, miras desde las tumbas del cielo.
Llevas por un ancho camino; cuervos son de Poe música del alma, música estridente que no tiene término.
Hay árboles cruzados de presagios y temblores, un lobo se devora a sí mismo.
Un lince brinca iluminando la noche con sus ojos, los vigías eternos no han podido amansar la rabia con los cantos del éter.
Manojos devoran retazos de la luna, dejan sus huellas en las nubes.
El cielo se estremece con los lamentos del viento, se oye la profecía desarmar un ejército de estrellas.
Golpes, rasgaduras dejan en el aire; el arcángel atraviesa con su lanza poco a poco la procesión desesperada.
De dentro de la tierra surgen aros de fuego; incendian el río, gritan; la estepa nunca volverá a brotar con su verdor, las amapolas se han tornado llanto.
En el castillo, siete muertes se turnan el nombre de las cosas y tu rostro, morena alta de la noche, que nacerá por toda una eternidad.
Las vasijas del cielo han comenzado a verter sangre en los amaneceres.
El sol disimula su mirada; ha rogado al Eterno cerrar las puertas del Cielo.



