La política no es el político


Una radiografía urgente para la Colombia preelectoral

Gracias al senador Temístocles Ortega por poner sobre la mesa la lúcida autocrítica de Martín Caparrós. Su texto, «La palabra política«, es un análisis incómodo en el que, como sociedad y como prensa, nos cuesta mirarnos.
En Colombia, estamos entrando en esa vorágine preelectoral donde el ruido suele sepultar a las ideas. La gente en la calle, en los cafés de Santander de Quilichao, en las esquinas de Popayán y en las redes sociales, repite con hastío que está «mamada de la política». Y tienen razón. Pero, como bien señala Caparrós, su hartazgo no es con la política en su sentido original y noble (el manejo de la polis, de lo nuestro), sino con el circo en el que la hemos convertido.
A partir de la tesis de Caparrós, propongo esta radiografía de nuestro momento actual para ajustar la lente con la que miramos las próximas elecciones.
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La falacia del «Carnicero»
Caparrós utiliza una analogía brillante: «Nadie diría que la carne es eso que hacen los carniceros». Sin embargo, en Colombia hemos caído en la trampa de creer que la política es eso que hacen los políticos.
Los medios y la ciudadanía nos hemos obsesionado con el «carnicero»: con sus alianzas, sus peleas en Twitter, sus cambios de partido como quien cambia de camisa, y sus escándalos de fin de semana. Pero hemos olvidado preguntar por la «carne»: ¿Cómo se está criando el desarrollo en el Cauca? ¿Quiénes son los dueños de la tierra y del agua? ¿Por qué el sistema de salud beneficia a unos intermediarios y asfixia a los hospitales públicos?
Si seguimos hablando solo de los candidatos (los carniceros) y no de los problemas estructurales (la carne), estamos condenados a elegir basándonos en simpatías o rabias, y no en soluciones.
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El periodismo de la «Moralina» y la «Exjusticia»
Caparrós denuncia que el periodismo político se ha reducido a dos zonas: la de la corruptela (para sentirnos honestos por contraste) y la de la exjusticia (los pleitos infinitos). En Colombia, esto es el pan de cada día.
Nuestra agenda informativa preelectoral parece una crónica judicial. Nos gastamos horas debatiendo el último insulto de un congresista o el tecnicismo jurídico de una investigación, mientras la realidad que esos políticos disimulan con sus discursos —el hambre, la falta de vías, la inseguridad en los territorios— pasa a un segundo plano.
Nos hemos vuelto expertos en narrar la pelea de gallos, pero ignorantes en analizar el gallinero. El periodismo que necesitamos ahora no es el que le pone el micrófono al político para que insulte al rival, sino el que va al territorio a entender por qué la vivienda, la educación o la seguridad no funcionan, independientemente de quién esté en el poder.
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Recuperar la herramienta
Dice Caparrós: «Reducidos los dioses a un papel secundario, la política es la herramienta que nos queda para tratar de mejorar la forma en que vivimos».
Esta es la llamada de atención más fuerte para el ciudadano colombiano. Si estamos «mamados», la solución no es la antipolítica ni la indiferencia. La solución es arrebatarle el monopolio de la palabra «política» a esos muchachos y muchachas que, como dice el autor, a veces parecen no saber qué hacer con sus vidas más que buscar poder.
La política real es la discusión sobre el agua del Macizo Colombiano, sobre la tarifa de energía que paga un tendero en El Tambo, sobre la carretera que no llega a Guapi. Eso es política. Lo otro es politiquería y farándula.
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Un desafío cívico para las urnas
De cara a las elecciones, la reflexión es clara: no votemos por el «carnicero» que mejor grita o que mejor baila en TikTok. Votemos por quien entienda la «carne».
Como medio de comunicación, en Proclama del Pacífico aceptamos el reto que plantea Caparrós: «Contar lo que dicen los políticos no es hacer periodismo; periodismo sería seguir y analizar esas cuestiones».
No nos interesa ser la caja de resonancia de los egos de los candidatos. Nos interesa, y nos debe interesar a todos como ciudadanos, entender por qué vivimos como vivimos y cómo podemos vivir mejor. Esa es la única política que vale la pena y la única que nos sacará del atraso. Lo demás, es ruido.
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Esta es la columna original de Martín Caparrós:
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