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Jueves, 1 de octubre de 2026

La poesía

Un espacio para la señora del pensamiento
Imagen cortesía de: https://bit.ly/2MwLf9C
Vuelan las páginas, las ideas y las palabras
MEMORIA Y OLVIDO

La poesía

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

La poesía es un mundo, un lenguaje místico, un mar de sentimientos, un sagrario de amores, una selva virgen de árboles verdes callados que nos miran. Es un regimiento de vírgenes que ríen, aman, disparan amor y compasiones. Es una región a la que hay que ir y volver so pena de perder el camino y la cordura.

Tarde, a los 13 años, oí por primera vez su nombre y la vi radiante andar por entre una muchachada y de la mano de mi profesor de lengua castellana, el huilense Jesús Alfredo Silva. Él se desvivía por ella y la veía en sus clases y cuando salía a recreo con nosotros. Él sabía que todos los días la encontraría escondida en la fila de pinos que hacían guardia a  lo largo de la pista redonda y de los amplios corredores de hierba en el Seminario Claretiano de Bosa.

La poesía es mujer recatada que se esconde a los ojos que no la buscan. Como es tan rara se esconde como para que solo la encuentren quienes alguna vez la divisaron de lejos y de quienes se prendaron de ella cuando la conocieron. No por haberla conocido y tratado alguna vez la poesía permite su trato ni acepta compañía. La poesía es dichosa compañía y brinda su apoyo a quien la respeta y habla acorde con sus principios.

La poesía nació en el viejo mundo pero no se sabe cuántos años tiene.  Si fue en una isla lejana o en un velero en una travesía con tormenta. La conoció Pablo en Patmos pero prefirió callar y predicar la nueva era. Los habitantes del Sumer la conocían y el Gilgamesh dan testimonios de su antigüedad y melodía.

Quien la conoce quiere vivir con ella y de ella. Es celosa y teme la compañía. Ella es exigente y no tolera cohabitar en casa de extraños y traidores. Quien la vio bañarse allá en el Ganges o de visita en las Cataratas del Niágara jamás podrá olvidarla. Ella es tan antigua como el agua y las alas del océano.

La poesía da la mano a quien la busca y sigue su estro y habla. No importa el idioma ni la nacionalidad. Quien la conoce y sabe del ritmo de su baile y de su estatura ya para siempre se declara amiga y cómplice de versos y retruécanos.

Homero, Virgilio, Safo, Anaïs Nin, Teresa de Ahumada, navegantes, expedicionarios, prófugos, halcones y hombres alados han subido a las alturas con ella, han cruzado los océanos, han penetrado a la oscuridad y la luz enceguecedora. Santos y apóstatas, tirios y troyanos le han seguido en su vuelo y a nadie niega su seno y su canto de sirena.

Oh, sí, de la poesía han bebido colombianos, griegos, tirios y troyanos y se han vestido con su níveo solideo. No importó su acento ni su piel, su raza o su cuna. La poesía es arroyo, hilo de agua, mar tempestuoso o canto de paloma mañanera.

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