LA PLAZA DE MERCADO


Una tarde, Jesús y los discípulos entraron a una plaza de mercado. El sitio, con toda su turba, era todo lo contrario a un lugar sereno; las conversaciones se confundían, borraban las voces en un ruido indefinible; alguno que otro gritaba reclamando atención a lo suyo en medio de tanto producto ofrecido por cada quien en el puesto de trabajo. En una mesa dos hombres sentados jugaban ajedrez (*), y en los muslos del más viejo reposaba un gato; parecía estar atento a esas extrañas jugadas, y Jesús y los discípulos pararon a mirar un tanto. El hombre del gato tenía el ceño fruncido, apoyaba la cabeza en una mano, mientras con la otra acariciaba al gato; no atinaba con la jugada maestra. Jesús y los suyos sonreían, y tras unos instantes siguieron su camino. «El rey del mundo siempre hará acecho al rey del Cielo», comentó Jesús. «Mirad que aquél siempre vendrá con toda su pompa, y hasta los elegidos caerán en sus trampas sofisticadas. Por eso os repito: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; quien me reconoce no anda en tinieblas, es su propio sol en la noche de los tiempos, y verá albricias en el camino de Sión. Mirad de no caer en los afanes del mundo; la vida es como un mercado, y sólo los puros, quienes no se contaminen con el mundo, verán a Dios», dijo Jesús, una vez que salieron de la plaza de mercado.
Salir de allí era como aflojar el alma de tediosas circunstancias; todo barullo había quedado atrás. La ciudad se aclaraba con la suave sonrisa del atardecer.
(*) Por supuesto, es una licencia que me tomo; no existía el ajedrez en la época de Jesús. Además, yo no hablo del Jesús histórico sino del Principio Eterno que existe por siempre dentro de cada ser humano.
RVQ



