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Jueves, 1 de octubre de 2026

LA PLACIDEZ DE LAS TARDES

LA PLACIDEZ DE LAS TARDES
Bulevar de los días
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy / Loco-mbiano.
LA PLACIDEZ DE LAS TARDES
http://blogs.upm.es/nosolotecnica/

Títiro, tú bajo el cielo de esta haya tendida acostado
con la finísima flauta las musas del bosque convocas.
… tú, Títiro, lento a la sombra
vas enseñando a cantar tu Amarílide linda a los bosques.
Virgilio. Bucólica Primera.

Todos los días vuelven las tardes a matizar el ambiente vivido hasta la mitad del día. Comienza la aurora a iluminarlo, a dejar ver las siluetas de las cosas y suenan en los oídos los gorjeos de la alondra despidiendo a los polluelos en su nido en el árbol vecino. Luego  el sol reverbera sobre el asfalto y  parece partir el suelo con sus rayos. Comienza el sopor que da el calor y la humedad a subir por las axilas y a la piel de nuestros cuerpos.

Entonces, la tarde con su camisón suelto se sienta a nuestro lado. Invita al descanso y llama al sueño a nuestros ojos porque el almuerzo nos trajo la pesadez necesaria que conduce a los laberintos íntimos. Il dolce far niente entra a nuestros dominios. Las piernas se distienden y los párpados se tienen que someter al mandato del impulso que ordena dirigirse al reino donde habita Morfeo.

Después de una corta visita a la región en la que el cuerpo ha conseguido frescura y relajamiento la tarde ha conseguido el punto de su madurez.

La tarde es una señora, amante del descanso, arregla la escena algo umbrosa, cierra hasta la mitad las celosías y rocía con alhucema de ron y nardo el ambiente. Por la ventana  suficiente, pasa suave la brisa que viene de los montes. El sol apenas si alumbra todavía y se va alejando hasta el horizonte. Hay un leve sopor que sabe a saudade y a ensueños. Provoca tomar un libro de versos o de amores, como los de Ovidio, y leerlo en compañía de la mujer amada.

A lo lejos, las laderas se dejan acariciar por los últimos retozos del sol que lame sus grietas y se deja seducir por la frescura del río que las bordea sin prisa. Ahh, qué sencillez de paisaje, qué silencio tan sonoro el que produce la tarde cuando llega esta hora. Son las 4:30 p.m.

Bandadas de garzas, de pájaros chicos y loros parlanchines surcan la escena. Vienen con una cantinela enredada en sus alas y exhalan un olor por la comida que traen de lejos en sus entrañas para sus polluelos. La tarde mustia ofrece cada día un sartal de emociones y recoge del paisaje pequeños detalles para formar un concierto audible solo para seres que aman la simplicidad de la vida tranquila.

No hay cámaras ni micrófonos ni paparazzis que registren lo que hacen las tardes cuando el ser humano está ya a punto de irse a descansar. Su ánimo no está distraído con menesteres ni trabajos ni afanes. La mente está dispuesta a escuchar la sinfonía que a diario interpreta la tarde para los humanos. Sonidos, siluetas, sombras, hojas que caen, trinos cansados de pellares, mugidos de vacas o ladridos de perros… todo entra al escenario que una vez pintó Virgilio en una bucólica en la que cantaba Títiro bajo un higuera.

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