La paz y la guerra


La paz y la guerra.

El editor Fernando Jaramillo tuvo la generosidad de compartirme su obra virtual «PRÓLOGOS», un ‘volumen’ de 219 páginas; allí está el fruto de una paciente investigación. En 2020 ya tenía en la red el trabajo de varios años de búsqueda por la extensa obra en prosa de Gabriel García Márquez. Para decirnos, al final, que “este libro es una antología de las introducciones, prólogos y entradas que (Gabo) escribió para libros propios y ajenos, durante su vida”. Cualquier reseña del documento completo resultaría demasiado escueta, en razón del variopinto almacén de contenidos.
Advertido de ese riesgo, corté por lo sano: elegí un solo prólogo para este artículo. En efecto, en 1985 Gabo prologó la obra “La guerra por la paz” del periodista Enrique Santos Calderón. Para entonces el presidente de turno era Belisario Betancur, quien gobernó entre 1982 y 1986. Han pasado 38 años y parece que el prólogo hubiese sido escrito ayer. La misma paz empantanada y la guerra enseñoreada en vastos territorios. Con su fresa en el pastel: la ingenuidad del presidente Petro al creer que su antecedente guerrillero le daba patente de corso para firmar la solución final, la ‘paz total’.
Con la lectura que se hace del momento actual, parece que Petro va a terminar su periodo presidencial sin paz. Y no propiamente por su ingenuidad y buenas intenciones, sino porque la guerra es y será el trágico destino de Colombia. Lo expresó a fines del siglo XIX un desencantado José María Cordovez Moure (1835-1918), el más importante cronista de su tiempo: “Los que hemos nacido y vivido en medio de revoluciones, con la certidumbre de que moriremos en el mismo estado de inquietud (…) que la guerra nada compone, y antes bien, corrompe las sociedades”. En tanto que la visión de Gabo es la de “una nación aburrida por 170 años de guerras civiles”.
La diferencia entre Gabo y Cordovez es que antes las guerras las promovían terratenientes disfrazados de caudillos para acumular tierras, matando o despojando a humildes campesinos. Hoy es lo mismo, con el agregado del negocio multimillonario de las armas y el narcotráfico. Los tres, un solo poder. Con la anónima ‘identificación’ con que los nombró otro alto comisionado para la paz, Otto Morales Benítez: «enemigos de la paz agazapados dentro y fuera del gobierno». Con el agravante, ayer como hoy, de que “cada paso concreto que daba el gobierno en favor de la paz, producía reacciones contrarias”.
Una novedad, léase obstáculos, con que tropieza la paz hoy es la desinformación; que no son solo los medios tradicionales, sino todo lo que suman las redes y la desaforada inteligencia artificial (que mete gato por liebre). Desde Belisario, Gabo ya avizoraba esa algarabía: “…había enemigos secretos de la paz que manejaban hilos secretos, noticias falsas, verdades manipuladas, citas tramposas, para provocar el desorden mediante las armas mortales de la desinformación”. Sean cuales sean los enemigos invisibles, lo cierto es que, una vez más, son “los que están ganando la guerra soterrada contra la paz”.
Gabo aventura una utopía, más como consuelo que como salida eficaz: “…la única esperanza que nos va quedando de lograr la paz en Colombia, es que el presidente en persona tome en sus manos las riendas del proceso”. Amanecerá y veremos.



