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Viernes, 2 de octubre de 2026

De la paz como valor

Paz con justicia social - víctimas del conflicto
Carlos E. Cañar Sarria
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Carlos E. Cañar Sarria.

                  La Carta de las Naciones Unidas en 1945 recoge el anhelo de los Estados firmantes, de convivir de manera pacífica como buenos vecinos y de unir voluntades para el mantenimiento de la paz, la seguridad mundial y de hacer uso de la fuerza armada sólo en aquellos casos donde peligre el interés común. Podemos observar, que la paz es entendida como ausencia de guerra. Por eso las negociaciones se han limitado a treguas y armisticios, asunto que ha impedido pensar y concretar la paz de otra manera. Lo constatamos, por ejemplo, cuando el mundo estuvo pendiente del conflicto entre Estados Unidos e Irak; el discurso universal con respecto a la paz se circunscribe a la ausencia de guerra.

En Colombia, la Constitución Política reconoce que la paz es un derecho fundamental; no obstante el problema de la paz se limita al conflicto armado, identificado principalmente, con los grupos alzados en armas y las Fuerzas Armadas del Estado. Y en este sentido la paz se concibe como ausencia de guerra y por ende, un objeto de negociación. Esta concepción de la paz en el sentido de ausencia de guerra ha hecho mucho daño en el proceso de edificación de una cultura política por la tolerancia y por el reconocimiento del otro como igual, imposibilitándose con ello, la adopción de la paz como valor, que signifique comprometer a todos los colombianos.

La paz como valor no puede ser posible, mientras se siga limitando al problema de seguridad nacional y por lo tanto, a un problema que compete exclusivamente al gobierno, a las Fuerzas Armadas y a los actores armados ilegales. Una sociedad tan polarizada como la nuestra, debe hacer esfuerzos por consolidarse en comunidad, más aún frente a un problema tan importante referido a la convivencia pacífica.

Preguntamos: ¿El Estado colombiano brinda espacios para la convivencia pacífica? ¿Contamos con una verdadera sociedad civil? La verdad es que en muchas situaciones el Estado es invisible, como es el caso de la atención de los requerimientos básicos para una existencia de las comunidades en condiciones de dignidad. De otro lado, no podemos seguir pensando que la sociedad civil como sujeto viviente y actuante, pueda estar representada por algunos miembros del clero, de los sindicatos, de los partidos políticos, de los gremios de la producción, de los medios de comunicación o por los ocasionalmente denominados grupos de “Notables”.

La sociedad civil sólo podrá ser entendida si se expresa como comunidad autónoma, crítica, autocrítica, que protesta pacíficamente cuando ve vulnerados sus derechos. Se trata de una comunidad organizada y unida por lazos de solidaridad, capaz de reivindicar sus derechos y dispuesta a construir un futuro mejor. Sólo así se podría pensar en la posibilidad de una pedagogía para la paz, en una paz estable y duradera o en la paz como valor.

El actual proceso de paz, que con dificultades se adelanta exitosamente en La Habana y que está próximo a unos acuerdos que conduzcan a la terminación de una guerra absurda de más de cinco décadas, sin duda alguna será un logro significativo con miras a la consecución de ese gran anhelo de la mayoría de compatriotas que aspira a la reconciliación nacional y al logro de un nuevo amanecer. Pero la paz no es del Presidente, ni de los grupos armados, sino que es compromiso de todos los colombianos; en ello ha sido enfático el primer mandatario.

En este sentido, la paz como valor, además de la paz política, implica la erradicación de todas las formas de violencia, ya sea la que procede de los grupos armados, de la justicia privada y de toda manifestación de delincuencia, y por lo tanto, no depende necesariamente de lo que pueda hacer el Gobierno de manera exclusiva, sino-reiteramos- del compromiso de todos los colombianos. En Colombia hemos contado con una multipolaridad de la violencia: política, urbana, por la posesión de territorios; organizada contra minorías étnicas, en los medios de comunicación, en la escuela, en la familia, del narcotráfico y con éste la “guerra sucia”, caracterizada por las masacres y el imperio de la impunidad de sus responsables, etc.

Una cultura de la paz no se logra con el acuerdo definitivo entre las Farc y el Gobierno, hay que edificarla entre todos los colombianos. La paz como valor es la lógica consecuencia de esta cultura. Esta tarea le corresponde al postconflicto, que tampoco será fácil, pero por fortuna el país viene entendiendo la necesidad de este compromiso colectivo, que lejos de discursos ajenos a la reconciliación nacional, se entiende cada vez más que nunca en nuestra reciente historia republicana hemos estado tan cerca de la adopción y puesta en práctica de la paz como valor.

                  Coletilla: Compartimos la tesis del presidente Santos, en el sentido de esperar un poco en lugar de una paz mal firmada.