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lunes 26 septiembre, 2016 a las 9:12 pm

De la paz y el plebiscito

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Carlos E. Cañar Sarria
CARLOS E. CAÑAR SARRIA / [email protected]

Una campaña de desinformación malintencionada es lo que se ha notado en momentos preliminares del plebiscito que se realizará el próximo domingo 2 de octubre. Desinformación que pretende hacerle mucho daño a una democracia en construcción como la nuestra.

Propaganda, discursos y argumentos que se apartan de la verdad. Lo más decepcionante es que personas, con una moderada educación, aparentan tragarse unos cuentos para que otros se los crean, seguramente sin éxito. Como sucede en otros países con baja o mediana cultura política, esos cuentos no se los creerían ni siquiera los más desprevenidos ciudadanos.

Es cierto que Colombia es un país especial. Lejos de construir ciudadanía que permitiese a las personas una visión objetiva de la realidad nacional, al parecer, varios siglos de historia no han sido suficientes para organizarnos en nación; lo cual, a la vez, ha sido obstáculo para la construcción de sociedad civil.

Quizá por esta razón, desde el exterior se expresan críticas, en el sentido de que no entienden por qué en un país como Colombia, que ha padecido los horrores de la guerra durante más de cincuenta años, sigan personas empeñadas en prolongar esta situación caótica marcada por el odio, la zozobra y la violencia. Tienen razón esas críticas. Ningún país civilizado lo podrá entender.

Si algo tiene de bueno la democracia es la vigencia y materialización del derecho a disentir, de expresar lo que gusta o no, de pensar diferente, de mirar diferente, de sentir diferente, de soñar diferente, de imaginar diferente, etc. Todo esto es admisible y respetable. Ni más faltaba. Pero no hay derecho a la mentira, precisamente porque sin verdad no hay democracia.

La paz es una necesidad colectiva, no tiene dueño en particular, ni se puede atribuir a ningún grupo o partido político, ni a ninguna sociedad religiosa o económica; la paz es un derecho y un deber constitucional. Por lo tanto, es un imperativo lograrla y mantenerla.

El momento histórico que vive actualmente el país, jamás había sido tan propicio para el logro de una paz estable y duradera. Es preciso advertir que el hecho de ser estable y duradera no significa que de un tajo se resuelvan todos los males que tiene Colombia. Lo importante es comenzar para avanzar. Atrás quedarían los odios irracionales, el deseo de venganza, las acciones terroristas, los secuestros, las afectaciones a la población civil, el reclutamiento de menores en la guerra, violación de los derechos humanos y del Derecho Internacional Humanitario, etc. El periodo del postconflicto sentará las bases para la construcción de un nuevo país, donde podamos caber todos, es decir, un país más incluyente no sólo en el orden socioeconómico sino también político. Inclusión socioeconómica y apertura política permitirán democratizar la sociedad colombiana. Mientras no se aborden y traten las causas de la violencia política no se podrá construir la paz.

De la misma manera que la guerra no se hace gratis, la paz tampoco. Tiene sus costos; han sido, son y serán onerosos. Por eso no faltan quienes protestan por el acuerdo, en el sentido de que aspiraban que la guerrilla, se entregase deponiendo las armas para ir directo a la cárcel. Si así fuera tan fácil, no tendrían sentido las largas y difíciles jornadas del proceso de negociación. Se darán situaciones que unos querrán y otros no, pero es necesario avanzar.

La verdad es que después de más de cinco décadas de guerra, la verdadera lección es que ni la guerrilla pudo vencer al Estado para tomarse el poder, ni el Estado fue tan contundente para acabar con la guerrilla. No queda otra alternativa posible que buscar la paz. Ahora que está cerca el constituyente primario, el pueblo, tiene el deber de refrendarla con el plebiscito.

No obstante las campañas de desinformación y de mentiras, estamos plenamente seguros que en el plebiscito triunfará el SI. Lo que se ve y se siente es que los colombianos ya estamos cansados y hastiados de tanta sangre derramada, de la desatención de los derechos humanos y de tanta destrucción de la infraestructura nacional. Colombia no quiere perder la oportunidad de encontrar un nuevo amanecer.

Un prolongado periodo histórico de guerra que vivimos muchas generaciones, condujo a los colombianos a una desafortunada situación, a lo que el sociólogo Emilio Durkheim concibe como anomia social. La anomia no es otra cosa que una visión apocalíptica de nuestra sociedad, caracterizada por la falta de control social y la ausencia de la vigencia de las normas, donde es la guerra la regla conductora y en donde sólo queda por alternativa: continuar como estamos y desaparecer como sociedad, u organizarnos en conciencia colectiva, basada en lazos de solidaridad, es decir, en lazos de paz y armonía entre todos los colombianos. Continuar en guerra o buscar la paz.

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