La pastora María Luisa y las “lucas”


Para qué le decimos a la pastora María Luisa que la fe es una gracia, que el hombre necesita creer en una divinidad para explicarse su origen y su destino. Menos que Jesucristo, según la fe de los cristianos, es el salvador, la manera de llegar a Dios, desde lo humano se compadeció de los pobres, de quienes sufrían padecimientos por discriminación, porque en la cultura judía, como en la seudo-cultura religiosa de la pastora María Luisa, los lisiados, los enfermos, los pobres eran posesos del demonio, había que aislarlos, no podían entrar al templo, no eran dignos de compartir la mesa.
Esos paradigmas rompe Jesús de Nazaret, por eso convierte el agua en vino, y del mejor vino, en el matrimonio de una pareja humilde. Por eso sana al ciego de la piscina de Siloé. Por eso furioso por la condición de aislamiento cura al leproso. Por eso entra a comer en la casa de Saqueo, un recaudador de impuestos odiado por los judíos por estar al servicio de Roma. Por eso sus discípulos son pescadores (Pedro, Juan, Santiago), zelotes (Simón), no creyentes (Tomas), odiados recaudadores de impuestos (Mateo), es decir toda la ralea de la época, tan pobres que no tenían dinero para alimentar a sus fieles, por eso tuvo que, en dos ocasiones, multiplicar panes y peces.
¿Desconoce acaso la pastora María Luisa que en la historia de Israel, denominada de salvación, Dios se valió de personas limitadas en físico y en espíritu? Moisés, el liberador, era tartango; Jacob, quien dio el nombre al pueblo de Dios, era cojo; Rahab, la puta de Jericó, salvó a los enviados de Dios; Santiago el menor era enano, de allí su sobrenombre; Saulo, después llamado Paulo, quien llevó el evangelio a los gentiles, era bizco. Y una cosa notable: ninguno de los profetas, enviados, apósteles tenían “don de profecía”, una forma esotérica de adivinar el futuro, de hechicería, condenada por “la palabra de Dios”, puestos en catálogo de los que no entrarán al reino de Dios, junto con los adúlteros, los borrachos y los estafadores (1ª Cor 6: 10-20).
Tampoco sabe la pastora María Luisa que el seguimiento de Jesús se fundamenta en desprenderse de los bienes para dárselos a los pobres. Le dice al joven bueno: “Si has hecho todo eso, ve, vende tus bienes, dáselo a los pobres y sígueme” (Marcos 10, 17-30). En ningún lugar dice que recojamos bienes para beneficio particular, para beneficio de una cohorte de privilegiados, para llenar de suntuosidad los lugares de reunión, para que los hijos y familiares de pastores despilfarren en turismo, como se puede ver a los cercanos a la pastora y de otros pastores que por fortuna conozco, quienes publican fotos en franca pose de derroche en París, Venecia, Roma, Berlín, Tokio. Da pena que nuestra legislación sea tan laxa en aceptar sectas que captan dinero peor que una “pirámide”, que engañan a la gente con falsos atributos, que se enriquecen de la noche a la mañana a costa de incautos ciudadanos. En eso nuestras leyes y nuestra constitución se han quedado cortas.
Sin duda muchas personas están allí de buena fe, muchos asisten como manera de acercarse a su Dios con la esperanza de un milagro. Pero tantos otros han entendido la clase de negocio que representa su iglesia. Parodiando al ex-senador Martínez Sinisterra, las dos mejores formas de hacerse rico es la religión y la política, cosa que la pastora María Luisa lo ha entendido muy bien, porque el único evangelio que le interesa es el de las lucas, que le llenan sus avarientos ojos de signo pesos.




