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Lunes, 5 de octubre de 2026

La pared pintada y el río de sangre

La pared pintada y el río de sangre

Imagen por: https://chatgpt.com/

Elkin Quintero

No necesitamos pistolas y bombas para traer la paz, necesitamos amor y compasión.

Madre Teresa

Hay una imagen que me persigue todas las noches: la de una madre buscando a su hijo entre los restos de una de una explosión cualquiera. No hay pancartas para ella. No hay jóvenes con el puño en alto ni consignas contra el bárbaro. Solo el silencio cómplice de un país que ha aprendido a mirar hacia otro lado mientras su propia tierra se desangra.

El filósofo coreano Byung-Chul Han advirtió que vivimos en la era de la “indignación puntual”: nos conmueve lo que está de moda conmover, pero carecemos de esa mirada larga y sostenida que requiere el dolor verdadero. Y exactamente eso ocurre hoy en Colombia. Veo a estudiantes universitarios en Popayán pintando grafitis en honor a Palestina, golpeando ancianos en marchas que ellos mismos llaman “revolucionarias”. Solidaridad internacional necesaria, incluso loable. Pero cuando se les pregunta por Toribío, por Jambaló, por Tierradentro, por el narcoguerrillero que financia las balas que matan líderes sociales, el rostro cambia. “Eso es muy complejo”, dicen. Y giran la vista, indiferentes.

No me malinterpreten: denunciar la barbarie en Gaza es un acto de humanidad elemental. Pero el escritor polaco Ryszard Kapuściński dejó una lección imborrable: “La indiferencia ante el sufrimiento del vecino es el primer paso hacia la barbarie”. ¿Cómo puede dolerte un niño muerto en Rafá y no estremecerte las 21 vidas apagadas en la explosión de Cajibío? ¿Por qué esa exigencia feroz, esa ira legítima, se aplica con cuentagotas según el mapa y el cadáver? El Cauca no es Ucrania, no es Gaza, no es Irán. No tiene la geopolítica que vende titulares ni la rentabilidad mediática que ocupa las portadas. Tiene, eso sí, a jóvenes universitarios dispuestos a golpear ancianos y rayar paredes religiosas por una tierra lejana, mientras ignoran la que se desangra a sus pies. El Cauca es solo un departamento colombiano con montañas verdes, ríos de aguas cristalinas, una historia que duele y fosas que nadie reclama. Por eso, exactamente por eso, no importa.

Y duele más porque los responsables de esta indiferencia no son solo los jóvenes activistas de redes sociales. Duele porque los personajes locales —concejales que prometieron estar cerca, diputados regionales que llenan discursos de palabras bonitas, congresistas nacionales, ministros o viceministros que negocian cuotas burocráticas mientras el Cauca arde— todos ellos miran el horizonte con la misma pose de impotencia fabricada. La culpa es de los otros, nunca de ellos.

Mientras tanto, el Cauca sigue sangrando. Campesinos que no pueden sembrar porque la tierra es trampa. Jóvenes reclutados a la fuerza. Madres que aprenden a reconocer el olor de la pólvora antes del amanecer. Un territorio de belleza inaudita —sus páramos, sus ríos, su historia ancestral— convertido en cementerio sin flores.

El problema no es que los jóvenes se movilicen por Palestina. El problema es que no les sobra ni una pizca de esa furia para su propio patio trasero. Kapuściński también dijo: “El mundo no se divide en buenos y malos, sino en quienes miran y quienes apartan la mirada”. Y nosotros, los colombianos, hemos perfeccionado el arte de apartar del Cauca la mirada. Hemos normalizado que el dolor del vecino no merece la misma tinta. Y así, entre paredes pintadas y consignas importadas, seguimos perdiendo la única guerra que importa: la de no dejar que la indiferencia nos convierta en cómplices.

El Cauca no pide tu arenga. Pide que no finjas que no ves. Pide que nuestros muertos duelan como duelen los de allá lejos. Pide, en fin, que tu solidaridad no escoja fronteras. Porque la sangre, al final, tiene el mismo color en cualquier latitud. Y la indiferencia, como sentenció Byung-Chul Han, es siempre la misma cobardía del que elige no mirar.


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