LA PALABRA ES EL MEJOR EMBAJADOR DE UN GOBIERNO
www.eltiempo.com/colombia/politica/permanenci…Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
[email protected]
El ser humano demoró miríadas elaborando con sus neuronas y garganta el intrincado mapa del lenguaje. Para diseñar los 29 íconos iniciales del diccionario tuvo que esperar que pasaran soles, corrieran vientos por los desiertos y que el globo terráqueo cambiara de faz y se secaran algunos mares. Fue grande el esfuerzo del hombre para lograr confeccionar ese instrumento para poder comunicarse con sus semejantes. Con el mico lo podía hacer y con el perro, con el papagayo y hasta con las serpientes en el paraíso
sin mostrar los dientes.
Pero hacerse entender con el ser más cercano y sus necesidades, fue difícil la tarea.
Los griegos llamaron “logos” a la palabra, porque dentro había razón, argumento, sensatez. Más tarde, cuando se inventó la música, el teatro y la poesía, llamaron “melos” a la forma de decir palabras bellas y sublimes. La palabra también es una melodía en alemán, italiano, ruso o castellano. El acento, el tono, el conjunto de palabras forman un concierto de sonidos que distinguen a una cultura, una región, a una tribu o a un inocente gamín. Cada país tiene su sinfonía de palabras cuando habla, o es una tromba o una cascada.
¿Por qué, entonces, el hombre de hoy quiere acabar con ese patrimonio tan sagrado y que nos costó tanto fabricarlo y sacarlo de entre el pedernal y las sombras de la ignorancia? ¿Será que ya el niño no deberá aprender a escribir las mismas letras, a modular las vocales y a comprender el significado de cada palabra que simboliza un objeto o una idea? ¿Por qué no podrá decir el joven o el profesional señor, señora o “doctor” de papelillo, vecino, amigo, cuando saluda o se despide y tiene que hacerlo con un alias, o decirle güevón, marica o gonorrea?
Ni la escuela, ni el Sena ni las universidades, ni Harvard ya son lugares donde se respeten a las palabras. Ni siquiera nuestros dirigentes y altas personalidades dignifican en su lenguaje el buen nombre del idioma y de la patria. Es el insulto en público, la amenaza, los calificativos desobligantes lo que prima. Ya no existe el protocolo ni la etiqueta, no vale que exista una dependencia que se llama Cancillería para garantir las buenas maneras, el rostro sereno para bajarle el tono a las controversias. Nos es la pulcritud ni la majestad del cargo lo que hace a la persona, pero la sociedad espera que sus representantes muestren su grandeza y dejen una huella de valores que se puedan imitar y para que los pueda recordar la historia, no por su desfachatez sino por la elegancia y el pelo en su lugar.
¿Acaso la palabra, el diálogo, el llegar a acuerdos ya no es la misión de un gobernante sino atiborrar de armas y botas las calles, de cañones los cantones y de aviones de combate los hangares? Antes, ahora y siempre el ser humano ha sido concebido por sus padres con cabeza y cerebro y la inteligencia es su cualidad suprema.
El garrote, la piedra, el insulto, la mirada airada, los comunicados altaneros son instrumentos de violencia y apenas son herramientas que usaron los fratelli de Sicilia, Hitler, la Inquisición que también rezaba el rosario con las ovejas. Pero esas épocas serán recordadas como nefandas por la historia. No es buena herencia la de un gobierno dejar con desempleo, sin salud, con corrupción, y en guerra mafiosa a un país. Pero, por lo menos, no debería donar esa comidilla de agravios que nos está desayunando cada día por televisión, por radio y desde los micrófonos de Despachos oficiales.
25-11-09 10:25 a.m.



