La otra Paz


Colombia se introduce desde ya en un candente debate político cuyos alcances electorales dependerán del tema de la paz entendido como el histórico acuerdo del gobierno del presidente Santos con la insurgencia de las FARC en el que se espera poner punto final al conflicto armado que tanto ha desangrado y mancillado la patria.
No cabe duda de que quienes aún creemos en el Estado de derecho social y la democracia como sistema para defender los principios de la libertad y la convivencia ciudadana, como el mejor modelo para gobernarnos, la paz seguirá siendo un sueño y logro en alcanzar, que podrá traernos confianza y equilibrio para todos los colombianos.
La reelección del presidente Santos estará en gran parte supeditada al éxito de los diálogos que con pesimismo muchos observan y con optimismo otros tantos deseamos para que de una vez por todas, comencemos a cesar la horrible noche en la que nos metimos hace algo más de cincuenta años y en la que todo problema lo queremos resolver a punta de bala.
Pero antes de celebrar ese gran instante deberíamos comenzar a desarmar nuestros corazones, que harta basura, odio, rencor y resentimiento ha guardado por décadas, en las que pocas reconciliaciones han sanado las heridas de tanto males y muertes injustas.
Por ello, uno de los objetivos más elevados en el viaje de la página de la vida es conseguir transmitir las herramientas para alcanzar la otra paz; la paz interior, “la paz que supera toda comprensión”.
Porque uno de nuestros primeros descubrimientos cuando emprendemos el camino de la superación es la guerra que mantenemos con nosotros mismos. Nos enfadamos por nuestros errores; estamos resentidos por nuestras debilidades; nos resistimos a hacer realidad nuestras aspiraciones más elevadas. Queremos progresar en todas las áreas de la vida, pero no nos gusta su precio, sin entender que la resolución de estos conflictos estriba en el discernimiento de lo que nos conviene a todos y ello nos lleva ineludiblemente a la paz interior.
Los caucanos, que solemos enfrascarnos en redecillas pendencieras politiqueras de poca monta, poniéndole zancadillas y cortándoles las “alas” a quienes por méritos intentan volar, que no hemos podido consolidar proyectos políticos de liderazgo regional a excepción de los cacicazgos, no queremos entender que la paz personal es ese sentido interior, etéreo, de bienestar emocional y espiritual, esa tranquilidad profunda que nos llega cuando somos capaces de desconectarnos de los pensamientos inquietantes, inútiles o amenazantes, y alcanzar a comprender la realidad de nuestros pueblos y comunidades como tales.
Los problemas no son las armas, lo grave es el duro corazón de quienes las portan con perversas intenciones de hacer el mal y causar daño, llevándose a los otros por delante, sin importarle el valor de la dignidad humana y el respeto a las leyes. Por eso, la otra paz, la paz personal, la que nace en los corazones de cada uno, pero muy real, es la que se convierte en el sentimiento bien fundado y de unión que tenemos cuando nos liberamos de las preocupaciones, el sufrimiento, el dolor, el estrés y el miedo y somos conscientes de las incontables maravillas que nos ofrece la vida.
Hace pocos días tuve la oportunidad de participar de un “retiro espiritual de conversión” del grupo de laicos comprometidos de Lazos de Amor Mariano y pude entonces en sus dinámicas comprender cómo nos hace falta la otra paz, la paz interior, que se vuelve en el conocimiento de que todo está bien, la compresión de que existe un Dios que lo tiene todo bajo control, aun cuando nuestro mundo parezca a punto de explotar. Paz que nos llega cuando nos apartamos mental, emocional y espiritualmente, y a veces físicamente, de los embrollos mundanos, de los conflictos o de nuestras responsabilidades mal comprendidas.
Si queremos recorrer con éxito el camino que nos lleva a la paz interior, tendremos que desmontar algunos de los obstáculos personales que nos atenazan; el miedo al futuro y las lamentaciones por el pasado no son más que los primarios. El viaje completo a la paz interior significa que también tenemos que superar los baches de la envidia, los desvíos de la impaciencia, las calles sin salida de la terquedad y los puentes helados de la rigidez. Pero debemos viajar. El viaje hacia la paz personal no se realiza en un carro estacionado en los fracasos, el pesimismo y el qué dirán.



