

El postconflicto no es un señor muy bien vestido que llegará con millones entre sus bolsillos a repartirlos por puñados aquí y acullá. El postconflicto es un período de tiempo luego del plebiscito y de que empiecen a desmovilizarse las Farc. ¿Cuánto tiempo para que cambien las circunstancias que son fruto de la guerra, el despojo de tierras y el miedo a vivir en la zozobra de noche y también de día?
Las cosas deben empezar a cambiar desde ya. El Congreso en el presupuesto debe haber botado partidas significativas para ayudar en el proceso tanto en ciudades, pueblos y, sobretodo, a los campos de muchos municipios. Me imagino que muchas fundaciones y comités se han apurado a organizar su bolsillo para reclamar dineros y decir que van a dedicarse al posconflicto. ¿Quién se acordará de los humildes campesinos?
El gran problema del campesinado es que siempre fueron olvidados en los programas de los gobiernos. Fueron esquilmados por los intermediarios y tratados como ignorantes. Ellos están allá, en sus lejanas parcelas, sin educación adecuada, sin tecnología, sin vías adecuadas, sin vivienda adecuada, sin herramientas modernas, sin capacitación para el mercadeo y el transporte, sin asesoría permanente.
Al campesino le pasa lo mismo que al joven de ciudades y pueblos. El gobierno se preocupa de aspectos locativos, de visitas de rutina para las fotos, de una que otra campaña relámpago y cuñas por radio y televisión. Pero el aspecto más importante es la educación para las circunstancias de hoy y mañana. El campesino es un analfabeta funcional. Aún tiene la pala, el azadón, el buey y el arado. Lo vemos en Boyacá, en Cundinamarca, en Nariño, en Cauca. No sabe sino lo que aprendieron de los abuelos, de la experiencia y hacen lo que pueden para sobrevivir. Esa es una vida indigna, si se compara con experiencias europeas y aún de otros países suramericanos, como Argentina y Uruguay.
Todos se han preocupado de que los integrantes de la guerrilla tengan bienestar y seguridad en los campamentos, que tengan dinero para su sustento, pero no oigo que se mire a lo lejos la suerte del campesino tan maltratado hasta ahora. Permanecen en las mismas condiciones de siglos pasados. El MinHacienda ni los nombra ni el Jefe de encuestas de Planeación. No vemos a los medios comprometidos como agentes de cambio para detectar los focos más vulnerables de este nuevo Estado del Postconflicto y llevar hasta el campesino al Gobierno.
Ellos continúan con sus mismos ranchos, sus parcelas cansadas, sin insumos, sin condiciones sanitarias dignas. Siguen trabajando con las uñas. Lo único que les ha llegado es el celular, con las facilidades y el costo social que las compañías extranjeras y la vida moderna les brindan. Pero hasta allá no llega Caterpillar, ni los equipos de recolección ni los jeeps para carreteras terciarias ni las ayudas millonarias que se brindan a falsos campesinos con avión y frac en el Caquetá y el Llano.
Pobre campesino de alpargatas, de camisa raída, de sombrero roto y que come y bebe en el mismo plato hondo y el guarapo de siempre. ¿Hasta cuándo le llegará su redención? Lo acompañarán sus arrugas, el cansancio en su cara, el sol a sus espaldas y la sequía sin esperanza. O seguiremos cantando tristes: en surco de dolores el bien germinará…
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