La nueva moral pública


Está tan pervertida la moral pública que el problema grave no es la corrupción; lo que es criticable e indecente es que alguien se atreva a hacerla evidente, a publicarla o a denunciarla. A ése punto ha llegado parte de esta sociedad nuestra. Los pájaros tirándole a las escopetas, como decían las abuelas. Y entonces, es el periodista o el denunciante quien queda expuesto y el que debe cargar con las furiosas reacciones; mientras tanto, el que está abusando de cierta autoridad alcanzada con los votos de gente excitada en campaña electoral, aquel que actúa en contra de los intereses comunitarios con actos deshonestos o con usurpación de bienes que son públicos, posa abiertamente como perseguido para lograr adhesiones. Y las consigue.
Es cuando surgen astutas solidaridades en torno al corrupto por parte subalternos o de quienes le hacen la segunda, unos para cuidar su cucharón, que ya no es la cuchara, o el puestico, como antes se decía; y otros, que se aparecen como favorecedores de oficio con el ánimo de anunciar respaldos no pedidos, intentando aprovechar el ruido para, lucidos, ofrecerse ambicionando salir premiados en la repartición que se critica. En esta falta de ética tampoco importan los antecedentes del oportunista, porque, precisamente por ellos es reconocido como promotor de la cultura del “vivo”.
No sé hasta dónde la gente se va a aguantar más escándalos de corrupción, más ‘carruseles’, ‘pulpos’, ‘carteles’, ‘mafias’, ‘venas rotas’, ‘mordidas’, ‘sobornos’ y ‘ollas podridas’ en el orden nacional y local, principalmente. Las cifras timadas son sorprendentes y vergonzosas, pero lo grave, a pesar de que son recursos de recreación, salud, niñez, educación, cultura, infraestructura comunitaria, medio ambiente, y en general, calidad de vida de la población; a pesar de la miseria que algunos administradores de lo público provocan en sus comunidades, lo grave, decía, es que las gentes están anestesiadas y permiten esa cultura del “vivo”, es más fácil el dejar hacer, el dejar pasar, porque es más cómodo echarle la culpa al vulnerable periodista que destapa, contra el que acometen como si fuera el enemigo público. Es la nueva moral pública, basada además en la debilidad de instituciones como la Contraloría, Fiscalía y Procuraduría que, con su lento accionar y pérdida de credibilidad, hacen parte del círculo perverso. A manera de ejemplo: ¿en Procuraduría saben que los sobornos en muchas oficinas públicas ayudan a agilizar los procesos para contratar, y que no pagarlos implica perder el negocio? Claro, lo saben, pero todos sabemos también que no hay capacidad, ni voluntad, ni tiempo, ni recursos para prevenir ésa corrupción; a esto se suma que, nadie denuncia si no tiene mecanismos de protección, porque el corrupto siempre es peligroso.
Es más, el miedo y el estigma hacia quien denuncia es un punto a favor de los corruptos, porque una forma de hacer quedar mal al denunciante es desprestigiándolo y para ello se cuenta con el apoyo de las redes sociales donde, según dijo el escritor y filósofo italiano Umberto Eco, se le concede el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar, sin dañar a la comunidad, y ahora tienen el mismo derecho que un premio Nobel: es la invasión de los idiotas.
Además, en una confesión de hecho, algunas denuncias que han sido publicadas en Proclama del Cauca, han sido justificadas en redes sociales diciendo, palabras más, o menos, que es mejor agachar la cabeza y que sigamos con nuestras vidas porque esto no lo cambia nadie. Están convencidos de que la corrupción es un mal que debemos aceptar con resignación, porque supuestamente las cosas no pueden ser de otro modo. Es la indiferencia social frente a quienes le hacen daño a la comunidad. Es la nueva moral pública.



