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Jueves, 8 de octubre de 2026
domingo 12 febrero, 2012 a las 8:47 am

La noche

Gloria Cepeda Vargas
La interminable fila de automóviles y el frío de enero hacen de las suyas. No hay rostros a la vista, sólo un bloque metálico que rueda lentamente mientras el viento juega a las escondidas por patios y terrazas deshabitadas.
La noche posee una varita mágica. Desaparecieron los huecos de la calle y los buhoneros atravesados. El oleaje que ronca desde la madrugada, se convirtió en un mar de aceite encubridor de cornisas dolientes, bolsas de basura destripadas por los perros “realengos”, improvisados tarantines de cartón.
Es la hora en que el aguatacamino espera en los parajes solitarios. Por eso le dicen así, aguaita al caminante para asustarlo con su canto afilado. Mitad leyenda y mitad realidad, es un pájaro agorero, una pequeña y endiablada jugarreta crepuscular que surge de repente como alumbrado ante los ojos del viajero que se atreve a recorrer a esta hora los caminos sin dueño.
Pero eso sucede únicamente por allá en Barlovento, entre los indios pemones y los olvidos del río Capaya. Acá es distinto: la capital cosmopolita padece duendes que portan armas como si fueran relojes de pulsera y vuelan en motocicletas desaforadas. Hace tiempo huyeron los patronos tutelares de las viejas parroquias caraqueñas para dejar desprotegido al transeúnte; sólo persisten una que otra hornacina vacía, una reja a medio vestir, un balconcito acomplejado.
Poco a poco la calle se adelgaza. El reloj de La Previsora brilla como una estrella lejana. Los olores apresurados, las pesadas emanaciones untadas de hollín y humanidad, dan paso a un aroma de claveles que desde los jardines de Galipán empieza a bajar por las calles de La Pastora.
Una mano invisible debe borrar a esta hora las últimas nubes detenidas en la cima dorada del Capitolio. Dicen que ese edificio lo construyó Antonio Guzmán Blanco, el autócrata con delirios parisinos y retruécanos orilleros. “En el remanso vesperal de las cinco” -como dijo algún poeta ya olvidado- muchas veces se me fueron los tiempos enceguecida con ese brillo de oro de buena ley suspendido en el aire.
Si no estuviera tan lejos me acercaría a la Plaza Bolívar. Quizá el fantasma endomingado de mi amiga la maracucha Albertina Montiel, ande por ahí buscándome para contarme otra vez la historia de sus amantes más jóvenes que ella y de cómo contrabandea lociones y bolsos colombianos en los escurrideros de Maicao.
Tal vez la Plaza de los Museos o el jamón serrano de alguna tasca en Sabana Grande, los “dulcitos” de miel de la esquina de Sociedad o simplemente el viento amigo, contador de cuentos y dueño absoluto de la soledad, podrían acompañarme en esta hora transitiva.
Mañana será otro día para aprender a congraciarme con estos lugares donde todavía enloquece la brújula. Debo ajustarme a los maniquíes ciegos y los sonsonetes uniformados que pululan en los centros comerciales donde se “consigue de todo”, las muchachas exhiben su “pasito tun tun” y poco a poco se permite que pintores, poetas y teatreros lleguen con sus trebejos en la espalda para enseñarnos a vivir.
Caracas suda de día y piensa de noche. Por eso el río Guaire brilla como un cinto de plata, los cerros parecen una diadema de cristal y Manuel Cabré, el pintor de manos taumatúrgicas, se quedó para siempre enredado en el entrecejo medianero del Ávila.
“No sé cómo te atreves a andar por ahí de noche ¿sabes cuántos muertos por asesinato hubo este fin de semana en la morgue? ¡Sesenta y dos!” me dicen, y es cierto. Pero yo sé por dónde me deslizo y hace mucho tiempo que no ajustaba el paso al trote de mis adorables dinosaurios.
¿Por dónde andarán Aquiles Nazoa y el español cascarrabias que manejaba el Ateneo de Caracas cuando era una casita de muñecas acorralada entre los caobos del parque y la humareda de los autobuses? ¿Y Guillermo Meneses aparecido esta tarde a bordo de una balandra con nombre de mujer que navega impávida desde 1934? ¿Y la orquesta del dominicano Billo Frómeta, dueña y señora de los muchachos de los años cincuenta en los bailaderos del Terminal Marítimo o el vendedor de libros usados de la esquina de Capitolio? Ni siquiera Óscar Yanes, mezcla de águila y topo en el laberinto de la Caracas gentil y retrechera, podría responder.
Pero éste no es momento propicio para caminar de espaldas. La noche caraqueña suele asestar puñaladas traperas y no he de distraer esos seres que deambulan sin pies ni sombra, como metidos en un saco vacío. Se me hace tarde para alcanzar el último Metro del día.
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La interminable fila de automóviles y el frío de enero hacen de las suyas a esta hora. No hay rostros a la vista, sólo un bloque metálico que rueda lentamente mientras el viento juega a las escondidas por patios y terrazas deshabitadas.
La noche posee una varita mágica. Desaparecieron los huecos de la calle y los buhoneros atravesados. El oleaje que ronca desde la madrugada, se convirtió en un mar de aceite encubridor de cornisas descascaradas, bolsas de basura destripadas por los perros “realengos”, improvisados tarantines de cartón.
Es la hora en que el aguatacamino espera en los parajes solitarios. Por eso le dicen así, aguaita al caminante para asustarlo con su canto afilado. Mitad leyenda y mitad realidad, es un pájaro agorero, una pequeña y endiablada jugarreta crepuscular que surge de repente como alumbrado ante los ojos del viajero que se atreve a recorrer a esa hora los caminos sin dueño.
Pero eso sucede únicamente por allá en Barlovento, entre los indios pemones y los olvidos del río Capaya. Acá es distinto: la Caracas cosmopolita padece duendes que portan armas como si fueran relojes de pulsera y vuelan en motocicletas desaforadas. Hace tiempo huyeron los patronos tutelares de las viejas parroquias caraqueñas para dejar desprotegido al transeúnte; sólo persisten una que otra hornacina vacía, una reja a medio vestir, un balconcito acomplejado.
Poco a poco la calle se adelgaza. El reloj de La Previsora brilla como una estrella lejana. Los olores apresurados, las pesadas emanaciones untadas de hollín y humanidad, dan paso a un aroma de claveles que desde los jardines de Galipán empieza a caminar por las calles de La Pastora.
Si no estuviera tan lejos me acercaría a la Plaza Bolívar. Quizá el fantasma endomingado de mi amiga la maracucha Albertina Montiel, ande por ahí buscándome para contarme otra vez sus historias de amantes más jóvenes que ella y de cómo contrabandea lociones y bolsos colombianos en los escurrideros de Maicao.
Tal vez la Plaza de los Museos o el jamón serrano de alguna tasca en Sabana Grande, los “dulcitos” de miel de la esquina de Sociedad o simplemente el viento amigo, contador de cuentos y dueño absoluto de la soledad, podrían acompañarme en esta hora transitiva.
Mañana será otro día para aprender a congraciarme con estos lugares donde todavía enloquece la brújula. Debo ajustarme a los maniquíes ciegos y los sonsonetes uniformados que pululan en estos centros comerciales “donde se consigue de todo”, las muchachas exhiben su “pasito tun tun” y poco a poco se permite que pintores, poetas y teatreros lleguen con sus trebejos en la espalda para enseñarnos a vivir.
Una mano invisible borra las nubes. Seguramente la cúpula dorada del Capitolio fue concebida para complementar la bóveda silente. Muchas veces se me fueron los tiempos mirando embelesada el ensamblaje de la tierra y el cielo suspendido en el aire.
Caracas suda de día y piensa de noche. Por eso el río Guaire brilla como un cinto de plata y los cerros parecen una diadema de cristal. Por algo Manuel Cabré, el pintor de manos taumatúrgicas, se quedó para siempre enredado en el entrecejo medianero del Ávila.
“No sé cómo te atreves a andar por ahí de noche ¿sabes cuántos muertos por asesinato hubo este fin de semana en la morgue? ¡Sesenta y dos!” me dicen, y es cierto. Pero yo sé por dónde me deslizo y hace mucho tiempo que no ajustaba el paso al trote de mis adorables dinosaurios.
¿Por dónde andarán Aquiles Nazoa y el español cascarrabias que manejaba el Ateneo de Caracas cuando era una casita de muñecas acorralada entre los caobos del parque y la humareda de los autobuses? ¿Y Guillermo Meneses aparecido esta tarde a bordo de una balandra que navega impávida desde 1934? ¿Y la orquesta del dominicano Billo Frómeta que descuartizaba a los jóvenes de los años cincuenta en los bailaderos del Terminal Marítimo o el vendedor de libros usados de la esquina de Capitolio? Ni siquiera Óscar Yanes, mezcla de águila y topo en el laberinto de la ciudad gentil y retrechera, podría responder.
Pero éste no es momento propicio para caminar de espaldas. La noche caraqueña suele asestar puñaladas traperas y no he de distraer esos seres que deambulan sin pies ni sombra, como metidos en un saco vacío. Debo alcanzar el último Metro del día y se está haciendo tarde.
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lunes 15 marzo, 2010 a las 7:38 pm

LA NOCHE…

Por Rodrigo Valencia Q

Especial para Proclama del Norte
-Siempre me ha parecido que El Banquete, de Platón, es su diálogo más hermoso. Mira, no más: “¿Qué pensaremos de un mortal a quien fuese dado contemplar la belleza pura, simple, sin mezcla, no revestida de carne ni de colores humanos ni de las demás vanidades perecibles, siendo la belleza divina misma?”

-Sí, mi amor –le contestó él-. Algo semejante a lo que dice Confucio. Por favor, pásame Los Cuatro Libros Clásicos… Sí…oye esto: “Lo único verdaderamente perfecto, sin mezcla alguna de imperfección, es la ley del Cielo. El hombre debe esforzarse por descubrir en su interior esta ley del Cielo, que es la base y fundamento de todos sus deberes. El hombre perfecto descubre esta ley por sí solo…”

Ambos quedaron en silencio, atareados de inquietudes. Se había terminado la discusión sobre la jartera de Aristóteles y su montón de palabras inútiles, que eran de sofista, según ella. En cambio, admiraba a Giordano Bruno, su filosofía platónica, su tono hermético, la evocación que hacía del Asclepios y el desdén que sentía por el resonante estagirita.

El gato dormía en su cojín predilecto; parecía un ovillo de terciopelo y ronroneaba suavemente, sin importarle para nada esa conversación. Al fin y al cabo, los gatos no son filósofos; son seres prácticos, elementales, intuitivos, directos en sus planes y deseos; y después de haber comido un tanto se echan a dormir… Quizás sueñan con su mundo gato, su vida cómoda de contemplados, y con una que otra aventura nocturna. Y entonces decidieron imitarlo.

Se metieron en el lecho, apagaron la luz, y el resplandor de la lámpara se fue al silencio, a ese núcleo misterioso que ella creía era el origen de todos los seres. Siempre se acordaba, siempre pensaba en eso, cada que apagaba la luz. Era como si a través de ese simple fenómeno evocara múltiples misterios, tantas preguntas imposibles, miles de esas imprecisas cosas para hilvanar interrogantes…

Él se volteó hacia ella; la cama crujió un tanto, y puso su mano sobre el brazo derecho de ella. Las voces aún resonaban en el cuarto oscuro, y el aroma de los tintos repetidos no se había ido del todo. Ambos tenían esa costumbre. Leían y discutían un tanto, antes de bajar al limbo de los sueños… una costumbre que los atrapó desde sus primeros tanteos amorosos, y que, después, se tornó un rito necesario, tal vez un vicio inocuo, para prolongar sus vínculos comunes y retar los desaires de la existencia.

-¿Sabes? –dijo él-, los filósofos ya me están aburriendo. Son gentes frías, demasiado cerebrales… Tanta tinta en el papel, y nada de certidumbres; nada parecido a una sonrisa que llena al alma con dulzura.

-Cierto -contestó ella-. Después de leer más de cuatrocientas páginas de Heidegger, y salir con el cuento de que apenas va a comenzar a “predelinear” el problema del Ser… Eso es algo que no se puede soportar…

-Por favor, no vuelvas a empezar. Apaga tu voz, al menos hasta mañana –le instó él.

-Sí, pero es que uno se siente…

-Por favor –interrumpió él. Y le puso su mano sobre los labios; y ella esbozó una sonrisa. Después, poco a poco, disparó una risa grande. Se carcajeó de tanta cosa, de tanto pensar inútil, de tanta pretensión enredada entre los dos.

Él también rió. Parecían dos amantes que estrenaban la risa en el silencio, pero la noche no se sintió aludida con el alborozo. Ni las paradojas, ni las preguntas rotas, ni los balbuceos del saber, ni tampoco la risa, alteraban la gravedad de la noche lo más mínimo; alas negras y profundas habían cubierto las razones y los mundos.

El resucitado del patio se adivinaba por el débil claro de la ventana; quieto y extraño como la muerte, parecía una estatua de múltiples formas, tratando de abrazar el cielo. Ni un pequeño viento paseaba entre el frío; y el gato se desperezó, fisgoneó un poco por la ventana, pero no pareció husmear nada interesante, y volvió a su nido.

Ellos siempre habían dicho que la noche es el borrador de la existencia, el último recodo adonde vamos todos, sabios e ignorantes, a deshacernos del miedo, de la alegría, del afán y preocupaciones febriles… La noche es como el himno del no-ser, el sarcófago donde el sueño subyuga los sentidos, decían. Y así debe ser la muerte, pensaban: una noche total, la vacuidad sin nombre, sin habitantes ni voces bajo el firmamento.

Entre tanto, la respiración lenta y sosegada de ambos era el único testigo entre la nada. Un peso de hierro había caído sobre los párpados de los durmientes, y el sol demoraría cuatro horas más, por el oriente, para abrir el cielo y alumbrar el resucitado y las piedras del patio.
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