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Viernes, 2 de octubre de 2026

La muerte

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Imagen cortesía de: https://bit.ly/2RqM6ax
OROS Y TIERRAS

La muerte

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

Hablo de la muerte como de una persona viva: lo han hecho dioses, profetas, poetas, pitonisas, sacerdotes y profanos. Es una palabra que simboliza una realidad que la conocemos desde niños. La vemos llegar en un cajón en hombros y llevarla al cementerio. No camina ya por su virtud, ni vive. Es todo lo contrario: triunfa muerta y así permanece en la historia de la humanidad.

No solo muere el ser humano en su paso por este mundo. También mueren las flores, los animales, el aire que se enrarece. Y la luna y el sol que nos miran desde arriba. ¿Cuántos siglos llevan allá, arriba, colgados del firmamento? parece que no mueren. Han resistido el paso de generaciones y siglos de siglos.

No importa a la muerte que los humanos se burlen de ella, la odien. Solo los poetas le dedican su canto aunque no le han visto la cara. Solo reconocen su victoria sobre los humanos y le preguntan desde lejos por qué alardea con su victoria y su aguijón.

La educación nos ha hecho temer su llegada y las religiones refinan el temor porque entra a extrañas horas y no respeta edades, preeminencias ni a potentados. Nadie escapa a su búsqueda.

Cuántos enfermos quisieran que anticipara su llegada y cuántos padres han visto que llega por un hijo de dos o tres años o antes de cumplir los 15. La muerte no respeta, ni oye, ni siente, ni mira a donde entra para cumplir con su oficio. Cubierta con su mortaja blanca entra sin llamar y nadie la ve llegar ni siente sus pasos. Ella no hizo primaria ni se graduó de enfermería… Pero sabe muy bien su oficio. …¡Ni se equivoca de cliente!

Me da pesar de la muerte. La han pintado tan fea los escritores, hay cantos tan fúnebres y ayes tan dolorosos para despedirla… Creo que ella jamás se ha equivocado de cliente. No se sabe el nombre ni alguien le sopló la dirección, pero llega sin tocar y no espera que le abran la puerta.

Pierde su tiempo quien trate de insultarla por su oficio. Los dolientes ni se molestan en preguntar a qué horas vino. Aunque a veces entra y se queda meses y años con su candidato junto a su cama. Me parece que tiene la rara cualidad de repetir su paso aquí y allá: muchas veces ejerce su mandato en multitud de sitios a la misma hora. Nadie le debe el favor de adelantarse ni un minuto.

La muerte es segura de si misma. Pone su hoz en el punto exacto y mira su reloj en el segundo que tocaba para cumplir la sentencia. Desde que fue nombrada para ejecutar tal oficio nadie la podrá acusar de ausencias o retardos.

Oh, muerte, tan callada y obediente, tan sutil y diligente. ¿Quién se atreverá a darte la espalda y ocultarse o quién se esconderá para escaparse de tu abrazo letal y fiero?  

20-06-19 – 7:11 p.m.

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