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martes 28 noviembre, 2017 a las 2:34 pm

LA MONA LISA

LA MONA LISA
LA MONA LISA
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
LA MONA LISA
Imagen de: http://bit.ly/2zNcoOL

Siempre me ha llamado la atención este retrato de Lisa Gherardini. No la conoció Da Vinci, quien la pintó de otro retrato. A él también le parecía misteriosa. La adquirió y tuvo consigo la pintura durante algún tiempo y luego él la volvió a retratar como la concebía, en su misterioso hálito.

Al fondo un camino y un río. Dos caminos que llegan a un lago azul. Una arboleda verde y más allá un fondo nuboso. ¿En dónde estaba sentada como toda una reina? ¿Por qué no en un lugar cerrado e íntimo? Su vestido es café, lo mismo que el color de su cabello un tanto largo.

Era ella toda una dama. No hay una sonrisa que permita mostrar la dentadura como es la costumbre obvia. No es una pintura de una diva cualquiera, desvestida y voluptuosa. Puede serlo. Pero su continente adusto y sereno aleja cualquier petición de mirón atrevido. No. Leonardo ni la conoció ni aunque la hubiera conocido jamás le habría sugerido mostrar su cuerpo o abandonar su temperamento y compostura.

Solo ella exigió descansar después de llegar al lugar, apartada de la ciudad. Y posó con todos sus arreos. Con su vestido, con su cara sin afeites ni perfumes. Tal como ella era. Sin aparentar algo más que ella no quería ni era.

De su cuerpo nos deja ver la cara y las manos y una parte de su garganta y pecho. Porque lo demás tendrían que adivinarlo quienes vieran al final la nueva pintura. Ella sabía que era toda misterio. Y los misterios siempre lo seguirán siendo. Hasta la manera de estar las mangas arrugadas que cubren sus brazos y cómo deja descolgar el mantón que cruza por delante de su pecho.

Entonces, ¿dónde está el misterio, si no es lo que se deja ver? Lo es precisamente ese todo que se ve. Su compostura, el vestido que recubre posibles encantos, el modo de sentarse, su veste modesta, desprovista de colores brillantes y fuertes, la posición de las manos, el recato de no mostrar más de lo que quiso.

Ambas manos están descansadas pues tienen los dedos separados. Cierra la comunicación con los brazos cruzados. Mas su cara es serena, casi desafiante para que quienes la miraran no dijeran que era repelente y de mal talante. No, ella quiso posar y que la admiraran como era. Desprovista de joyas que desviaran la contemplación corporal.

El misterio que yace en toda la pintura, sin embargo, reside en su cara sin sonrisa. Está como preguntándonos» Aquí estoy, ¿qué esperaban que yo mostrara?, nos dice desde su sitio elevado.

Su boca cerrada sin forzarla, los labios juntos sin apretarlos, sus ojos bien abiertos sin sensualidad aparente. Su rostro está relajado, sin arrugas ni en los pómulos ni en la frente, su cabello no está demasiado arreglado. El ribete de sus ojos lucen con un borde de seriedad y en la mirada sostenida hay cercanía y prudencia. Qué más esperábamos de una celebridad?

26-11-17                                          10:03 a.m.

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