LA MODELO FEA



«Toda yo bajo las reminiscencias de tus ojos.
Quiero destruir la picazón de tus pestañas.»
Alejandra Pizarnik
Estaba el pintor en su exposición; esperaba que apareciera algún ángel que iluminara la soledad de ese salón. Él ciertamente no era un hombre orgulloso, pero ya estaba aburrido del desdén, y sobre todo, de las críticas infundadas que le hacían los demás. Las pocas personas que entraban pasaban de largo, miraban de soslayo, ni siquiera reparaban en algo. Y ocurrió que entraron dos hombres y una chica, y se detuvieron ante «La muchacha de las rocas», tal vez el cuadro menos «feo» de su exhibición, y se acercaron al pintor.
— ¿Por qué pinta las mujeres así?
—Podría dibujar una mujer hermosa, si quisiera, pero no es mi intención. Aquí se trata de una dama que no estuvo físicamente ante mis ojos; subí al mundo de la imaginación, allí la encontré así, y quise dar testimonio de lo que vi en ese mundo imaginario. Indudablemente, el cuerpo es tremendamente desproporcionado; de la cadera hacia abajo hay incongruencia con ese torso demasiado menor, y esa cabeza tan pequeña… Y entonces, claro, me dicen que por qué no ríe, que por qué tan triste, que ese pelo, que sus rasgos son mongólicos, que esos brazos, esas piernas, esos senos… que esto, lo otro y lo de más allá…
El pintor tenía los brazos cruzados, parecía que nada lo haría cambiar de pose; su voz era pausada. Hubo silencio, ellos no contestaban nada; quizá sentían apremio, falta de destreza para responder.
— ¿Es acaso el mundo todo hermoso, todas las personas son bellas, perfectas, armoniosamente configuradas, inteligentes y demás? —prosiguió el pintor.
— ¿No han echado un vistazo alrededor, no han mirado la amplitud inconmensurable del mundo, el universo no reúne acaso lo infinitamente feo y lo infinitamente bello, lo más excelso y lo más bajo, lo más sublime y lo más despreciable, lo más inteligente y lo más torpe, el vicio, la virtud, el bien y el mal, salud y enfermedad? Por qué la gente se encierra dentro de límites tan estrechos, llenos de prejuicios, por qué esos criterios tan pequeños, esa cerrazón, esas exigencias de pura subjetividad, por qué se quieren imponer criterios y juicios de valor sin objetividad ni imparcialidad, por qué les gusta ser esclavos de sus parcelitas llenas de criticadera, turbias ante el inmenso panorama de la realidad? ¿Acaso alguien tiene la razón, acaso ustedes, o yo, acaso alguien puede pontificar sobre la verdad de todo cuanto existe bajo el sol? ¡Es una desfachatez! —dijo él, con tono de reproche.
Ellos sonrieron, pero era obvia su incomodidad ante el pintor.
—Amigos, discúlpenme si les parezco tosco, antipático —continuó él. —Espero no haberlos defraudado. Y lo que les he dicho aquí, lo mismo vale para los otros oficios del artista: el poema, el cuento, la pieza musical, la escultura… Nada ni nadie, sólo lo Absoluto, como indica su nombre, absuelve, comprende, perdona todos los opuestos, las diferencias, todo lo demás; que nadie se adjudique ese derecho en este mundo.
Ellos agradecieron, se despidieron; enrollaron la presentación de la exposición, salieron con paso lento del salón; trataron de salvar su desazón reparando en uno que otro cuadro… El silencio era más elocuente que la palabra. El ángel no apareció nunca en el recinto; la calidez sólo provenía de la luz que las lámparas proyectaban sobre las pinturas con toda convicción.
RVQ



