La minga caucana



La minga caucana
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
«¡Patria! te adoro en mi silencio mudo, y temo profanar tu nombre santo» Miguel A. Caro
Cada vez que hay protesta indígena mi sangre se envalentona. Porque por mis venas corre un rezago indígena. Soy cundinamarqués y mi padre de Fosca, lo decía con su rostro, su color y su talante. Era maestro de Normal y tribuno por sangre.
Cuando oigo y veo imágenes con los rostros, las quejas y la displicencia de las autoridades ante los reclamos de los indígenas en el Cauca todo mi ser patrio se revuelve allá por dentro. No pueden ser tan indolentes los gobiernos departamentales del Cauca, Putumayo y de la Nación.
Secularmente los gobiernos han vuelto atrás los ojos ante los reclamos repetidos de unos grupos que siempre estuvieron en esas regiones. Ellos nacieron allí, sus padres y sus abuelos y nadie les discutió su derecho conseguido por siglos. Nadie los acosó y ni les negó en tiempos pasados su permanencia en tierras y territorio en que sus antepasados usufructuaron por siglos.
No es justo que últimamente, año por año, los gobiernos los esté maltratando con el Esmad y la burla de autoridades y de quienes aspiran a aprovechar sus propiedades indiscutibles. Como ha ocurrido en ocasiones anteriores y con familias muy conocidas y respetadas de Popayán. Han ostentado la lícita y permanente e ininterrumpida posesión de unas tierras que la ley se las garantiza y respeta.
¿Por qué, entonces, el gobierno patrocina el acoso, la envidia de quienes ven en la posesión de esas tierras una posible ocupación y despojo para luego invocar la propiedad y la escrituración de las mismas?
Esa es la raíz de estos acosos a esa población sin la protección suficiente del Estado. Hace falta que el Estado les reconozca, de una vez por todas, la propiedad de hecho a quienes por siglos han estado allí con su parentela completa sin que nadie se la discuta. Como lo ha hecho en otras situaciones con respaldo de la Ley y la Costumbre. Ellos han tenido la posesión por siglos y nadie les puede discutir ese derecho establecido en los códigos.
No son razones de amar, como dice el poeta. Son razones legales. La posesión es una forma de adquirir derechos y ellos pueden exhibir varias generaciones desde muy atrás en el tiempo. No habíamos nacido nosotros y no habían escrito la historia Henao y Arrubla y ellos ya estaban ahí. Como dijo Monterroso del dinosaurio. La verdad es más grande que aquel.
Me conduelo de la suerte y el trato del gobierno y del Esmad ante los sufridos e impotentes indígenas que – antes que agredidos – debían ser protegidos y escuchados. Me duele la Patria. Y me duele la agresión contra ellos. Ellos no tienen la «culpa» de haber nacido allá en medio de la selva y su inclemencia. Ellos merecen igual trato de quienes hoy lucen escrituras de tierras como esas que no les quieren reconocer.
01-04-19 – 11:59 a.m.
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