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Jueves, 1 de octubre de 2026
domingo 31 mayo, 2015 a las 2:42 pm

LA MADRE

Rodrigo Valencia
Rodrigo Valencia Q ©

Un sábado subió Jesús a las colinas vecinas; quería estar solo, descansar de la ciudad y de los hombres. El paisaje mostraba cierta aridez, pero una fuerza antigua, inmemorial, estaba presente en esas formas ondulantes de la tierra. Luces y sombras pintaban un panorama arcaico, algo desolado y gris. Jesús se sentó bajo un grande cedro a disfrutar su soledad. Y entonces pensó de esta manera: «Amigas, venero vuestra paz, vuestro silencio perfecto, la caricia que dais a los sentidos. En verdad, sois hijas de mi Madre Tierra, de la cual guardáis la paciencia que perdura eternamente, y por eso merecéis las formas del espíritu que permanece calmo día y noche. Sin la Tierra, nuestra Madre, no podría germinar el embrión santo que alberga la materia; vosotras sois parte de la forma que trabaja el alfarero, y en vosotras viven los sueños incontables de muchos soñadores. Nuestro Padre os bendiga».

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Y he aquí que de pronto aparecieron Pedro, Juan y Santiago; estaban cansados, agitados, sudorosos. «Te hemos estado buscando; nos hemos acostumbrado a tu presencia, sobre todo hoy, que es sábado, día del Señor», dijo Pedro. «¿Qué diferencia marca el sábado entre los demás días? Todos los días son del Señor. El sábado se hizo para el hombre, no el hombre para el sábado», les respondió. Los tres se miraron sorprendidos, y tras una pequeña pausa, Pedro expresó: «Aunque no entendemos cómo, los tres hemos escuchado los pensamientos que dirigías a estas colinas, y por eso te hemos encontrado. Hablabas de tu madre. ¿No es acaso María tu madre?». «Mi madre, que los hombres llamarán María, no es una mujer; es La Mujer, la matriz de donde venimos todos, vosotros y yo; ella es la Materia, la Naturaleza, la Madre del Espíritu; y cuando el Santo Espíritu reposa en ella, madura entonces el embrión santo que lleva dentro, pero la gente no entiende este misterio, y todos se acogen a creencias falsas», contestó el Maestro. Ellos se miraban, no respondían, se sentían áridos, con la sequedad de la sorpresa. «A vosotros os es dado entender los misterios del Reino, esforzáos. El que pueda entender, entienda», añadió Jesús, mientras los tres discípulos se sentaban junto al Maestro. Notaron que él no quería que lo importunaran con preguntas, de modo que se acompañaron en mutua paz y quietud, hasta que la luz de la tarde dio paso a los hermosos brillos del crepúsculo.

RVQ

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