LA LLAMADA DE LA NOCHE
Rodrigo Valencia Q
Especial para Proclama del Cauca
Dibujo a plumilla, de Rodrigo Valencia Q
“Una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas”; una noche con presencias de infinita soledad; la casa, con sabor viejo y cal nueva, alberga caminos y memorias que ella cuida con esmero. Recorre sus espacios con pasión, le gusta ver sus rincones, arcadas y pisos rozados por los años, quizá por los siglos. Tiene rutas, si no reales del todo, al menos transitadas por la imaginación, que vive de la esperanza y amor que dan fuerza, resistencia al corazón.
Ella, sin duda, sería incapaz de cerrar sus puertas que la comunican con la intimidad; no podría clausurar los festejos de la niñez ni las dulces palabras del abuelo (a la abuela no la conoció), y guarda especial cariño por las cosas que sus padres le contaron desde niña. Todo eso es su casa.
De noche se levanta bien tarde, y hace su recorrido habitual; no hay nada especial qué mirar o qué cuidar; simplemente ella obedece a la llamada de la noche. Sólo la acompaña durante el día una criada más bien joven, porque el último gato que tenía murió hace un tiempo, se fue a su propia estrella.
La noche la llama, sale a la huerta, esplendoroso rincón donde la luna, el árbol y la hierba son su única reserva de amistad; pues ella nunca sale a la calle, vive casi solicitando olvido de las cosas exteriores, en la ciudad no hay gran cosa que le pueda interesar (para esos menesteres tiene a su criada). Su alma se ha acostumbrado a ello, acepta esas condiciones como su única obligación con las reservas de esta vida. Pero no se ha dado cuenta de que su figura es casi fantasmal, y que cuando se mira en el espejo su rostro se desdibuja como imagen movediza. Su criada se percata de ello pero, igual, a nadie comunica esta extrañez. La vida misma es una circunstancia rara si se la mira a la luz de las preguntas infinitas, allí donde ninguna respuesta satisface a la curiosidad…
“Mi casa es cálida, no siento el frío ni la opacidad de los días que, de lejos, presiento en los gritos del afuera”, piensa; y luego se sienta rigurosamente un buen rato en el viejo escaño de madera, en el corredor frente a la huerta, parcela donde el mundo no tiene más linderos ni rostros que ese minucioso encierro, más que monacal. Y entonces recuerda las cosas que siempre recuerda, oye el canto de las chicharas y el grito del búho; el cielo oscuro no la perturba en lo más mínimo, el árbol a veces parece hablar. Ella poco a poco pierde el rostro, el cabello se torna como un manto, sus largos brazos caen en el sopor. Tal vez sus sueños son los mismos todos los días; y aún habla, no ha perdido la palabra; mas ella no se queja, ningún reclamo aparece en esos ojos de niebla, todo lo demás deja de existir. Quién sabe qué más acontece en esa cabeza donde el tiempo ya no importa. “Soy un canto llano que no conoce la desdicha, pero tampoco la felicidad”, piensa.
Su grueso cuerpo es a veces la única constancia de que existe. “Los ángeles deben tener esta tranquilidad”, se dice, mientras toda ella desaparece como niebla hasta el amanecer. Al día siguiente, las palomas que pican en el piso las migajas, parecen decirle: “Oye, mira, ya llegó el sol”.
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