La instrumentalización de la tragedia en Colombia


Lamento profundamente el asesinato infame y cobarde del senador Miguel Uribe Turbay, magnicidio que enluta y entristece no solo a su familia y a sus seres queridos y cercanos, sino a todo un país. Porque la muerte de Miguel Uribe es sal sobre las llagas expuestas de esta patria herida, que envuelta en lágrimas ha tenido que ver morir a tantos hijos e hijas en la primavera de su vida.
Por eso condeno también a quienes equivocadamente y sin consideración alguna han utilizado la imagen de Miguel Uribe, en estos momentos de angustia y dolor, como instrumento político. Algunos atacando vilmente su memoria y otros utilizando su muerte como plataforma electoral, agitando odios heredados y llamados a la venganza a través de las urnas, sean estas electorales o funerarias.

No es tiempo de instrumentalizar nuestras tragedias, Colombia no aguanta más la manipulación, sea esta de izquierda o de derecha. No es tiempo de avivar sobre el dolor de los caídos el lenguaje sórdido de la polarización o de buscar desestabilizar el país, golpear nuestra democracia y buscar con esto, réditos políticos. Eso solo tiene un nombre y se llama infamia, y tal comportamiento ruin solo coloca a quienes así obran, al nivel de inmoralidad de los asesinos.
No podemos seguir actuando como si nuestra violencia histórica no fuera ya suficiente motivo de ignominia; como si décadas y décadas de sangre no bastaran para saciar a quienes insisten en condenar a Colombia a la violencia, generación tras generación; como si nos acostumbráramos a vivir de la tragedia, al punto de no querer dejarla ir de nuestra cotidianidad. Es hora de parar esta barbarie, es hora de decir: Basta Ya. Basta ya de vociferar calumnias, ataques o infundados juicios morales o políticos en medio de estos momentos fúnebres; basta ya de incendiar las redes sociales infectando a jóvenes y niños con nuestros odios y rabias no superadas; basta ya de irrespetar el sagrado silencio ante la muerte.
En estos momentos de angustia y crisis nacional es que se distinguen los verdaderos líderes y estadistas de los mediocres y vulgares politiqueros. Porque deponer los odios y llamar a la reconciliación con el ejemplo no es fácil, lo fácil es promover la rabia y la venganza, lo fácil es especular abonando en el terreno del dolor las futuras lápidas. Porque promover la violencia es de hombres mediocres, hombres que nos condenan y nos han condenado a vivir en un país al que se le olvidó el valor de la vida y que, contrario a toda lógica, desprecian el gran valor de una nación reconciliada y en paz.
Hoy más que nunca el país necesita hablar con la verdad, la verdad judicial sobre lo que hay detrás de este condenable homicidio. Qué pasó, por qué lo hicieron, y quiénes son los verdaderos responsables, más allá de los sicarios. El país necesita justicia, que el aparato judicial sea ágil para judicializar a dichos responsables, pero el país necesita ante todo reparar sus heridas, indemnizar a la democracia rota por la guerra y sobre todo el país necesita un ejercicio serio de reivindicación de la política como un escenario para la vida y no para la muerte, el país necesita que nunca más un líder político o social muera, o su vida corra peligro por las ideas que profesa, porque cuando un líder muere, muere con el nuestra democracia.
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