“La insoportable levedad del ser”

Gloria Cepeda Vargas.
Tomo esta frase de Milan Kundera para intentar digerir la torpeza cometida por Nicolás Maduro cuando en cadena nacional de radio y televisión, entonó de memoria el himno nacional cubano. ¡Cosa más grande, caballero! ¡Por primera vez en Venezuela el “Gloria al bravo pueblo” hace mutis frente a los pegajosos acordes de “La bayamesa”!. Como telón de fondo, le hacían la segunda los nuevos médicos integrales graduados en el Palacio de Eventos de Maracaibo. Maduro intentó explicar el exabrupto diciendo que era un acto de agradecimiento a las “médicas y médicos cubanos” por la colaboración prestada a la Misión Barrio Adentro, mecanismo acordado entre Cuba y Venezuela para que la isla pague sus importaciones de petróleo venezolano. Luego se deshizo en elogios para Fidel, Raúl, Cuba, el Che Guevara y demás especímenes foráneos vivos o muertos que hoy en Venezuela tienen más vigencia que cualquiera de los prohombres nativos y entre su soporífero bla, bla y un horizonte de camisas rojas y vociferantes, llamó a defender “a sangre y fuego” la revolución bolivariana. Todos sabemos quién inocula a los nuevos líderes de la patria este pujo pirómano y esta parla cruenta convirtiéndolos en necrófilos alucinados que intentando esgrimir heroicidades de nuevo cuño, terminan convulsionando entre las garras de un patetismo lamentable. “¡Patria, socialismo o muerte!” aullaba Chávez con la boina roja empenachada. Y la Pelona de guadaña voraz no se hizo de rogar. Por encima de puños en alto, zapateados llaneros y el río tumultuoso de petrodólares que le reventaba los bolsillos, se saltó todos los anillos de seguridad que lo blindaban y se lo llevó con su música a otra parte.
Un adiposo señor de espeso bigote y lección bien aprendida, probablemente será el nuevo presidente de Venezuela. Sabedor de que moriría pronto, Chávez le dio gusto a su esencia jacarandosa y apátrida imponiendo un sucesor de paso paquidérmico y vientre ahíto. Pero sus redondeces corporales no serían tan temibles como las sandeces que hoy lo identifican como el solo gobernante en el mundo que osó humillar públicamente a sus coterráneos, sustituyendo el himno patrio, único símbolo sonoro de la historia civil y militar del pueblo, por una canción que quizá muchos escuchaban por primera vez, borrando en esta forma siglos de luchas independentistas, republicanas y libertarias y confirmando de un solo plumazo la colonización de Venezuela que empieza a perder lo que todo país guarda como un tesoro invalorable: el himno nacional.




