La ilusión salta a la cancha


Periodista Acord-Valle
Para este Mundial, por fortuna para Colombia, el debut de nuestro seleccionado ocurrirá un sábado, que es como un medio festivo. Aunque, viéndolo bien, de no haber sido así, los colombianos lo habríamos tomado, o lo tomaremos, como un día libre, paralizando incluso las actividades. Por una razón aparentemente sencilla: hoy juega la Selección su primer partido ante su similar de Grecia.
La ilusión de un amplísimo sector de nuestro país salta a la cancha del estadio Mineirao, de Belo Horizonte, con capacidad para 62 mil 547 aficionados y que fue inaugurado en 1965.
Aparecen, de nuevo, como ha ocurrido en las participaciones anteriores, las esperanzas de un desempeño decoroso y que, por supuesto, emita ante el mundo los progresos que sin duda ha alcanzado nuestro fútbol, como se ha pregonado con natural orgullo de colombianos.
Como es ya normal en estos casos y como lo hacen en otros países, también Colombia vivirá un día lleno de euforia, que esperamos no se empañe con los desmanes al finalizar la contienda, sea cual fuere el resultado.
Obviamente, confiamos y queremos un resultado positivo de nuestro seleccionado, que nos reporte satisfacción y de paso nos sirva de paliativo a tanta angustia a que estamos sometidos los colombianos y al clima de tensión que afrontamos en las vísperas de una trascendental jornada electoral.
Porque, como dijo alguna vez Enrique Santos Calderón, “la clasificación de Colombia es el resultado del trabajo de todo mi pueblo, que encontró un paliativo a sus problemas pero sin llegar a ignorarlos”.
Tiene que servirnos, pues, la participación de Colombia en el Mundial de Brasil para algo más que para ver un partido de fútbol.
El fútbol, sin duda, tiene muchísima más connotación que darle puntapiés a un balón o enloquecerse en los estadios, llenos de pasión. Es mucho más.
Sin embargo, mirando detenidamente lo que es y puede ser la participación de Colombia en Brasil, tenemos que aceptar, con modestia, que no podemos esperar todo lo que quisiéramos, aun reconociendo que tenemos un formidable plantel.
Muchos factores se conjugan para esa rebelde realidad, que de pronto no es del caso traer ahora a colación, pero que tampoco podemos ocultar.
El trabajo estupendo de los directivos, el empeño de los futbolistas colombianos y los aciertos del director técnico nos alimentan la ilusión de un desempeño altivo, decoroso y que evidencie que estamos en un excelente nivel. Pero hay que guardar prudencia y respeto.
Eso sí, estamos absolutamente convencidos de que ese grupo de compatriotas que este sábado a partir de las once de la mañana se enfrentarán con Grecia sabrá portar con orgullo y altivez los colores patrios. Ellos saben muy bien lo que este sufrido país espera de ellos. Y no serán inferiores al compromiso, por supuesto, de acuerdo con sus capacidades.
Igualmente estamos seguros de que todo el pueblo colombiano, tradicionalmente pesimista con nuestros deportistas, ha cambiado para irradiar optimismo, para confiar en lo nuestro, con un positivismo generado por los resultados de los últimos tiempos en diversos deportes.
Por supuesto, ese positivismo no juega. Pero nos sirve a todos, al menos para vivir esta participación con fe y esperanza y, de paso, para asimilar de la manera más prudente el resultado, sea cual fuere.
Llegar a Brasil, a la máxima cita orbital del fútbol, no ha sido nada fácil. De por sí, ello ya tiene un mérito enorme. Y, por consiguiente, sin ser conformistas, creemos que el fútbol colombiano hasta hoy ha cumplido. Todo lo que venga de este sábado hacia adelante es utilidad.
Por ello, además de acompañar a nuestra Selección a través de la distancia, con el alma y con el pensamiento, tenemos que desearle lo mejor en su expedición. Mucha suerte compatriotas.



