La ilusión ética

La ilusión ética

Por Víctor Paz Otero
En una frase que casi siempre ha sido incomprendida, Hegel, alguna vez definió al Estado como “la conciencia ética consciente de sí misma”. Seguramente el gran filósofo alemán alcanzó a percibir en el espíritu de su tiempo que las grandes transformaciones de la historia estaban también ocasionando significativos cambios y hondas transformaciones en la esfera de los universos morales. En aquel entonces la religión parecía, casi de manera natural, orientar y regular los comportamientos de le ética individual e igualmente de la ética colectiva. Y nadie al parecer ponía en duda ese tipo de moralidad, que se aceptaba tenía su fundamento en principios religiosos. Moralidad sagrada, impuesta y acogida por la iglesia católica, que era a su vez, la máxima expresión y encarnación del poder político y espiritual. La iglesia y su cosmovisión operaban a la manera de una activa supra- ideología colectiva que le permitía consolidarse y reproducirse a partir de sus contenidos religiosos. Eran tiempos imposibles para siquiera imaginar que algún día podría surgir y consolidarse una ética LAICA, para que pudiese garantizar mecanismos de convivencia solidaria. entre los miembros de cualquier sociedad.
Pero con el paso de los años y con la continua aceleración del tiempo histórico, la vida, la sociedad y la cultura fueron transformadas de una manera profunda. Surgió aquello que confusamente designamos como la MODERNIDAD, tiempo de cambios y revoluciones, tiempo que coincide con el tiempo vital y especulativo de unos de los más grandes filósofos, quien se propuso crear y construir un nuevo sistema filosófico para dar cuenta de las aventuras de la razón y la racionalidad humana en el devenir de la historia. En ese contexto político y cultural es donde Hegel define y concibe el papel del Estado como el nuevo agente que viene a definir los perfiles del proyecto y el significado de la ética laica que debe imperar en la sociedad moderna. Pero Hegel, que además de gran filósofo tenía mucho de teólogo, terminó en cierta forma por absolutizar y casi de divinizar la función del Estado en la nueva sociedad civil que se estaba consolidando. De ahí esa definición del Estado como la conciencia ética consciente de sí misma. Es decir, le asigna el papel de orientador y regulador de la convivencia y de las relaciones colectiva entre los humanos.
La definición del Estado en esos términos, es sin duda, problemática y cuestionable en muchos aspectos. Pero imaginando que tuviese algo de posibilidad política, que esa visión del estado fuese real y susceptible de construirse e imponerlo para que funcione en distintas sociedades, el resultado podría ser aterrador para las libertades individuales, Llevaría casi de manera inexorable, al llamado Estado Totalitario. Y algo de ese doloroso experimento ya se ha realizado en la historia reciente y pasada. Totalitario fue el Estado Soviético, así como totalitario fue el Estado Nazi.
Las breves reflexiones anteriores las utilizo para relacionarlas con la dolorosa realidad histórica que vivimos en Colombia. ¿Tenemos un verdadero Estado entre nosotros? La respuesta sería negativa. Quizá solo como simulacro. Lo que tenemos es un aparato burocrático y administrativo muy precario usado por los gobiernos para sostener la farsa ilusoria que niega la existencia de un Estado verdadero. Pero ese simulacro no representa ni encarna lo universal, que pretendidamente debería darle racionalidad al proceso político. Es, antes que nada, una amalgama de instituciones artificiales que funcionan en beneficio de mezquinos intereses particulares. Un aparato burocrático cooptado por la corrupción que está muy lejos de orientar o de realizar la moralidad colectiva. Lo que en buena parte explica la desintegración de nuestra vida socio-cultural. Sin embargo, en Colombia casi nadie asume la lectura de nuestra profunda crisis como una crisis esencialmente moral. Carecemos de una ética colectiva. Nuestra historia se disuelve en un festín sangriento y corrupto condicionada por la ausencia de un Verdadero Estado. Un
Estado capaz de aclimatar la probable racionalidad y la insustituible Moralidad que debe prevalecer como elemento esencial de la convivencia humana.



