LA HOJARASCA DE LA PARTICIPACIÓN


Julio 19 de 2013.- Ya de por si, en general, las juntas comunales no sirven ni para taco de escopeta.
No debería ser así. Pero así es. Como se dice en el dialecto de los funcionarios: sin dientes teniendo tanto hueso para roer.
Y no es que sean malas en sí. O inútiles. Simplemente son saludos a la bandera. Porque ni para trasladarse a la cabecera municipal ni para fotocopiar una simple citación tienen las pobres. Y por demás, cada ciudadano no puede dedicar el tiempo que necesita para su propia supervivencia para nadar, navegar y ahogarse con todo el océano de papeles, citaciones y reuniones. Porque en vez de ser la voz del pueblo, el mandato claro y preciso para que los funcionarios oigan y prioricen sus peticiones, quejas, reclamos y exigencias son sometidas al trámite ineficaz y dilatorio del clamor colectivo.
Todos los alardes de participación ciudadana encuentran el mismo escollo. Y digo alardes porque no hay sino que mirar el sinfín de entidades que se promueven con la misma buena intención de empedrar el camino del infierno, valga decir, en el mismo barril sin fondo de la nada, en el agujero negro de la imposibilidad: comités ambientales, comités rurales, comités de salud, veedurías ciudadanas, comité de vigilancias de servicios públicos, de consumidores, comités culturales y deportivos, comités de seguridad…
Todo eso que llaman rimbombantemente la plataforma social de participación es una balsa de plomo, en medio del Cauca: glu,glu,glu
Cuando más, y justo es reconocerlo, no desempeñan otro papel que plataformas para el consabido carrusel de la caza de votos, incautos y demás testaferratos con los cuales se nutre el chorizo electoral del que esté en el poder.
Peor aún: si los líderes de tales consejas comunitarias no pertenecen a la férula del comandante municipal de ocasión ni siquiera el tamal consabido disfrutan: vitrinas para la prostitución social de la indignación, la esperanza y la buena fe de la comunidad.
Como se ha visto, es muy posible que a través de los fondos culturales se levanten edificaciones para la consabida participación comunitaria, que luego, como también se ha visto, y en el mejor de los casos, terminan de iglesias de garaje, a fin de poder sufragar los gastos y costos de los servicios públicos y del papel higiénico cuando hay lugar a ello.
Qué diremos de la paz, con todo ese rosario de mesas.



