La historia como tragedia



La historia humana muchas veces solo es el despliegue de una gran tragedia. Y la tragedia casi siempre viene orquestada por la música de la infamia. De ahí la estremecida fuerza que contiene el título de ese gran libro de Jorge Luis Borges: “Historia universal de la infamia”.
Asumir e interpretar la historia humana como un hecho trágico, es un pensar y una reflexión bastante antigua. A la cual le han rendido culto muchos de los más lúcidos pensadores de casi todas las épocas. Inclusive es una interpretación que parece implícita en la metáfora bíblica acerca de la expulsión de la pareja humana del paraíso. Pues sin duda que era una gran tragedia y una irreparable catástrofe haberlo perdido. Pues a partir de aquel evento se presume en la narrativa religiosa que la criatura humana se convierte en un Ser caído. Caída de la que nunca ha podido reponerse, ni siquiera con la ayuda ni con la doctrina del pretendido salvador que vino para redimir y hacerse cargo de los pecados humanos.
Haber salido del paraíso, no en términos religiosos, sino en términos de interpretación laica, pienso yo, puede ser equivalente y comparable al haber caído en historia. Y no es para nada gratuito, que dicha historia se inaugure con un horrendo crimen. El que comete Caín contra su hermano Abel. Crimen alimentado tanto por la envidia como por la codicia, especie de oscuras “virtudes” negativas muy recurrentes en todas las épocas de la historia humana.
En los llamados tiempos modernos, fue el gran filósofo alemán Hegel, tutor filosófico de la doctrina de Carlos Marx y de todo ese grupo de pensadores que se reconocían como la izquierda Hegeliana y que se ocuparon de descifrar los secretos de la historia; uno de los primeros en su tiempo de poner en el tapete la discusión filosófico-política el problema del ser de la historia, de su orientación y de su finalidad. Desde ese entonces, la compleja y ambiciosa obra de Hegel, se convirtió en un referente de privilegio tanto del análisis filosófico como del análisis de la teoría y de la especulación política en la cultura occidental. Para poner un solo ejemplo basta nombrar la exitosa y publicitada obra de Fukuyama “El fin de la historia”, que en el fondo solo consiste en una reflexión, un tato equivoca, pero sugestiva, sobre las ambiciosas e idealistas tesis del filósofo alemán.
Pero veamos, en arriesgada y simplificada síntesis, que es lo que plantea Hegel sobre tan complejo tema. Una de sus tesis centrales es sostener que la historia universal es el progreso en la conciencia de la libertad. En muchas ocasiones definió la historia como el progreso del hombre hacia más elevados niveles de racionalidad y de libertad. Proceso que tendría como punto terminal, lógico e inteligente alcanzar una absoluta conciencia de sí mismo. y esa conciencia estaría encarnada en el Estado. De alguna manera diviniza al Estado, fundando dentro de su doctrina una especie de ESTADOLATRIA, en la cual muchos de sus críticos han visto simplemente la apología del estado totalitario.
Son muchas las veces y muchos los textos en los que el filósofo, a pesar de su optimismo idealista que caracterizan algunas de sus afirmaciones referidas a exaltar la finalidad y la intencionalidad que manifiesta el espíritu absoluto en su despliegue en el escenario de la historia humana, tiene que reconocer que todo ese proceso no es un camino de rosas, que por el contrario es un camino y un proyecto trágico y contradictorio. Pues lo grave y lo angustioso consiste en que, en ese despliegue del espíritu absoluto sobre la historia, sobre los pueblos y también sobre los hombres, se termina justificando todos los horrores y todas las infamias que acontecen. Se termina justificando el MAL mismo con todas sus degradantes manifestaciones, se justificarían las guerras, las masacres, las invasiones y sometimientos de pueblos.
Según lo anterior y en palabras del propio Hegel “todos los hechos históricos que contribuyen a que la historia avance, positivamente son buenos en sí mismos, pues llevan la justificación suprema. del espíritu del mundo”. ¿No es acaso esto la aceptación plena de que el fin justifica los medios? O en términos más parroquiales ¿no sería como afirmar que “Dios sabe cómo hace sus cosas?
En últimas, todo esto gira en torno a la gran pregunta ¿Qué sentido tiene la historia?
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