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Sábado, 3 de octubre de 2026

La herida abierta de Hiroshima

La herida abierta de Hiroshima

Víctor Paz Otero

Yo, no sé si por augurio de fatalidad, hube de nacer en el mismo año y en el mismo mes y en la misma hora, en el que el militarismo gringo arrojaba la primera bomba atómica sobre la silenciosa e indefensa ciudad japonesa de Hiroshima. Ese día, que es el verdadero día de la infamia universal y que debería permanecer sangrando en la memoria colectiva de todos los habitantes de este planeta azul con tempestades, continúa produciendo asombro y angustia, ese asombro y esa angustia que engendra la irracionalidad y la perversidad humana cuando se enfrenta a resolver los conflictos que surgen en la historia. Tal vez por eso mismo se ha dicho que el hombre es el único animal que mata por odio. Esa bomba materializa el mayor crimen de guerra cometido en el milenario y ensangrentado fluir de la supuesta civilización humana.

En ese oscuro día de agosto de 1945, la humanidad y la civilización en su conjunto tendrían que haber comprendido y aceptado que la HISTORIA es el escenario donde la supuesta razón humana se enloquece; pues por aquellos mismos y posteriores días también la ciudad de NAGASAKI, por efecto asesino de otra bomba atómica era convertida en ruinas, desolación, cenizas y muerte, miles de víctimas inocentes eran evaporadas de la vida en un solo instante.

El nuevo y diabólico “juguete” fabricado por los esfuerzos de una ciencia puesta al servicio de la muerte, inauguró un nuevo y macabro capítulo en el libro amargo de la historia universal de la infamia. Ya no serían dioses lejanos e iracundos inventados por la fantasía humana los que tendrían que decidir el tiempo apocalíptico que determinaría la extinción absoluta de la vida sobre la faz del planeta tierra, ese abominable privilegio le pertenecería ahora a esa criatura enferma de codicia a la cual el despistado de Aristóteles calumnió al definirlo como animal racional.

También en esos mismos y macabros tiempos de la primera bomba atómica, oscuro año de 1945, y tal vez como aporte de la “bondadosa y sabia manera racional” con la cual la civilización de los humanos resuelve y afronta sus conflictos. Tiempo sucio donde las agresivas fuerzas de la derecha política llevaron a una carnicería despiadada y desmesurada, la conocida como la segunda guerra mundial, que significó nada menos que la muerte de 60 millones de seres humanos. Si en esa guerra las naciones combatientes hubiesen dispuesto de la bomba atómica, a los 60 millones de víctimas se hubiesen multiplicado por cien veces más.

A partir de estos abominables y repugnantes eventos, la cultura humana eliminó para siempre de sus paisajes de futuro la posibilidad de avizorar una forma de civilización que pudiese garantizar la convivencia armoniosa entre los pueblos y las naciones del mundo.


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