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Sábado, 10 de octubre de 2026
viernes 8 enero, 2010 a las 5:18 pm
LA GIOCONDA NO ESTÁ ENFERMA

Dolorosa Pintura: «La Gioconda» reflejaba un Través de su mirada un exceso de colesterol.

http://www.larazon.es/noticia/6658-el-colesterol-de-la-mona-lisa

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
[email protected]

En algún poema quevedesco figura el chiste de que la Monalisa contenía su risa por algún apunte de Leonardo mientras dibujaba sus trazos en el lienzo. Algo tenía que decirle el pintor en las sesiones tan largas a las que sometía a sus modelos. Ni el hombre por más serio que aparezca, ni la mujer que tiene su imaginación a flor de labios, callará o dejará de sonreír, al menos, ante un gracejo o una alusión un poco malintencionada del artista para el que posa. Si se mueve demasiado quien está sentada por horas o estalla en carcajada, dañará la pose y la ira desencadenará en el dibujante que trata de captar el perfil de su quijada. Pero eso fue por un divertimento y porque la poesía jocosa o irónica lo permite.

Pero hoy la ciencia, la tecnología y la testarudez de los insolentes se han parado frente a las obras maestras y han querido hacer otro estudio a los retratos de los que se hicieron famosos por alguna genialidad cuando los artistas tomaron la fotografía o cuando su mano robó a la sicología algún rastro de felicidad, de tristeza o melancolía.

Las Meninas de Velásquez cuánto no han andado en boca de bisoños perspectivistas, de supuestos historiógrafos y de aspirantes a sicólogos y sociólogos para interpretar lo que pudo suceder dentro y fuera del escenario donde Velásquez encontró su cuadro más mentado. La mirada suspicaz y bronca y los guías en la Capilla Sixtina tratan ver sobre la rodilla del Creador mientras señala con su índice al hombre que acaba de crear, según el mito cristiano, como el tatuaje de una mujer desnuda acaballada.

He visto en enciclopedias serias y en Internet secuencias innumerables de la sonrisa que cautiva a quien mira la pintura, tal vez, la más famosa de los siglos. ¿Cuál es la causa de ese magnetismo que despierta y atrae la curiosidad y las miradas? ¿Por qué el que fija los ojos en esa mujer pintada, intuye que hay un misterio en ella por la manera de sobreponer los labios esa Mona Gioconda? ¿Es su sensualidad íntima la que se muestra en el borde de su boca? ¿Es sorna, es vanidad, es un pecado que oculta o es una incitación a quien la mantiene atada a una silla?

Los inquisitivos y seductores labios de Lisa de Giocondo casi los hemos visto replicados en bocas prohibidas como las de la exquisita sonrisa vampiresa de Kirsten Dunst o de Gwyneth Paltrow o Kate Winslet. Tal vez la famosa dama que nos inquieta cada vez que la miramos colgada en la pared, no tendría la edad de 25 cuando Leonardo la convocó a sentarse para él con su cara sin maquillaje. Mas no era una catana ni se le ven ya las arrugas para que Vito Franco diga que su sonrisa es el producto de un mal de estómago o del colon o del páncreas. Su sonrisa no es amarilla como la un perro que sale apaleado de una iglesia ni es un rictus por un viento retenido. Puede ser que tuviera barros o lunares pero la sonrisa en su comisura y el continente extraño de su figura fue lo que conmovió a Da Vinci y lo que inmortalizó a la Diva.

Ni nos va, ni nos duele hoy que la mujer que nos ha robado sueños desde que nos mira inmóvil en el cuadro tuviera o no dolencias en vida. Para el arte y en cuestión de sensaciones que causan las expresiones corporales de mujeres no habrá diagnósticos que alteren la opinión certera de quien admira a Lisa con sus brazos cruzados mientras sonríe irónica.


07-01-10 10:30 am
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