LA FORMACIÓN DE PÚBLICOS



La expresión puede llegar a ser una frase de cajón. Una condición que se ha olvidado. La formación de un árbol, de un ser humano, de un batallón o de una empresa exitosa puede durar años. No es como el abono o la cuota inicial de un proyecto. Consiste en una cadena de pasos difíciles desde antes que algo comience a caminar y dura hasta que el fruto consigue el punto de madurez.
Los abuelos decían que al niño -y al mayor también -, hay que saberlo criar. No puede dejarse al querer del viento o a las veleidosas intenciones. Si se deja al antojo, el árbol se puede torcer. Y al árbol torcido nadie lo podrá enderezar. El peso de la repetición de actos sin adecuada dirección puede perder el horizonte. No basta tener un grupo para que una empresa consiga el éxito. Todo progreso implica un proyecto con etapas, mercadeo, empaques atractivos, presupuesto suficiente y retroalimentación continua. No basta con una programación ausente de corazón y azogue en el pecho.
El trabajo en el arte requiere de formación de públicos. Habrá que diseñar bien el producto, ensayarlo en escenarios, insistir aquí y allá, probar una y otra vez su sabor o calidad por medio de encuestas, sondeos y por la asistencia y continuidad en los intentos. La experiencia ajena puede ser importante. Pero la experiencia de otros no pertenece necesariamente a un bisoño.
El empresario empezará por sacar al mercado determinado producto. Contrata impulsadores que lo muestren en diferentes sitios, examinar si es aceptado, pulsar la frecuencia de su compra y cuando esté seguro de que su nombre, su contenido, su empaque, su sabor y su precio estén listos, hacer el lanzamiento y regarlo por doquier u ofrecerlo con el picante adecuado.
El trabajo en el arte, la poesía, es un producto tangible, susceptible de evaluación y medición. No llegarán los clientes semana a semana o mes a mes si la organización no ha ensaya los pasos. Si no se ha caminado, si no se ha seleccionado el trabajo, si los invitados no ofrecen un manjar cautivante y sonoro. No hablo de café, bizcochos o vino ni de fotógrafos o TV. Eso es lo menos. El arte, cuando lo es, no necesita de prensa. La fama llegará a su tiempo.
El público, los oyentes, los compradores de ilusiones y versos, llegarán y llenarán estadios o desiertos de arena si la calidad de la poesía o el teatro lo merecen. El público no se compra ni se consigue con matracas en semana santa o con trompetas o confetti a la entrada de la fiesta.
Los públicos son inteligentes y exigentes. Cuando prueban una y otra vez vez y las metáforas brillan, volverán y poblarán las plazas, las salas y teatros. Así se forma un público. Habría que preguntarle a la ceiba cuántos años se ha cubierto de hojas…



