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lunes 21 septiembre, 2009 a las 6:24 pm
LA FELICIDAD SÍ CABE EN UN PLATO

sopaycaldo.wordpress.com/2008/08/

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
[email protected]

Oí en una película lo que el guionista ponía en boca de un profeta: “La felicidad no cabe en un plato”. Con el riesgo de que me malinterpreten, debo decir que ser feliz es fácil. De pequeño uno veía pasar, como hoy, camiones grandes llenos de reses o de troncos de árboles, saltimbanquis en el circo, a los compañeritos que tenían casa y mi familia no, y me llenaban la cabecita inocente de cizaña. Me decían que uno tenía que tener harta plata, debía tener carro, casa grande con vacas y terneros, o tener tienda bien abastecida donde nada se acabara. Había que comer bastante y ponerse gordo y colorado, ser obispo, industrial o parlamentario. Ser dueño de “algo” y ponerse zapatos bien lustrados.

Entré a estudiar primaria en alpargates, bachillerato, llegué a ser cura, luego abogado, magíster, he viajado, he visto y me han visto, han pasado los años, se han secado los ríos, he oído cómo mata allá afuera la miniusis y nadie más me volvió a hablar de felicidades. La radio y la televisión y los bancos ofrecían becas, casa, carro, los supermercados se inventaron estrategias para dar premios a quienes compren sus productos… Todos, parece que andan detrás de conseguir dinero y de agarrar a dos manos la felicidad de tener y malbaratar.

En mi primer matrimonio tuve seis hijos que adoro y no me pesan. Ellos llenan la mitad del plato que como cada día. Nada me quitan y no me duele sacar de la cartera un peso más aunque ya son mayores. Hoy las parejas meditan muy bien cómo tener sólo uno, cuando más, dos hijos, nené y nena. Porque les parece que es un pecado traer al mundo a un niño que no podrán mantener. El consumismo es el gran “coco”, es el nuevo diablo, sin fondo, egoísta y sin agallas.

¿Qué es ser feliz, al fin y al cabo? ¿Hay que hacer curso de yoga, neurolinguística o ponerse en manos de siquiatra o de un mentalista y conseguir que un psicólogo certifique que uno, por fin, es feliz? Muchas veces miro atrás para volver a ver a Diógenes regodeándose en la dicha en su barril. Casi desarrapado, con una botella de agua “Manantial” al pie, comiendo las sobras que Epulón le dejaba de sus banquetes y que él sacaba de la basura en las esquinas. Envidioso, Alejandro el Magno lo visitó para preguntarle cómo preparaba a diario la receta para ser feliz. Él no se inmutó por la visita y le dijo: “quítate de mi frente porque me quitas el calor del sol”.

A esto llamo yo felicidad en estos tiempos de sequía, de incendios forestales, de recortes laborales, de pactos reeleccionistas. Poder vivir de las sobras que nos da el gobierno de lo que queda de sus grandes bacanales, del desperdicio en armas, del cuatro por mil, del iva anticipado, de las sobras que nos dan los bancos después de recaudar cuantiosas utilidades, de los intereses, comisiones y del servicio enorme de los cajeros automáticos, de las sobras que dejan los empresarios por medio de las cooperativas de trabajo.

Con esas sobras llenamos medio plato y del otro medio ya está dicho. Con el calor del sol, el alivio reparable del agua que tomamos, con el aire puro que nos queda todavía, con el abrazo de la mujer amada, con la amistad que nos dan algunos pocos en el rincón en que vivimos. Inútil pedir más a tanta hambre de los que nos dan de comer. Inútil llenar de más esperanzas nuestra inmensa humanidad tan zarandeada.

23-08-09 – 10:48 a.m.

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