La fe como espectáculo político

La fe como espectáculo político

Mientras se realizaba la reunión del Colegio Cardenalicio para elegir al sumo pontífice, Donald Trump, jefe de Estado de la principal potencia económica y militar del planeta, se disfrazaba de papa, gracias a la IA, no sé con qué intenciones. El resultado del cónclave fue la elección de su paisano Robert Francis Prevost (papa León XIV) como el romano pontífice sucesor del papa Francisco (Jorge Mario Bergoglio), cabeza espiritual de más de mil millones de católicos y soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano.
Lo extraño de esta película es la distancia abismal entre sus visiones del mundo.
Se dice que lo de Trump fue una burla de mal gusto hacia el proceso de sucesión papal y una provocación premeditada para reforzar su narrativa mesiánica y populista.
La reacción no se hizo esperar: líderes religiosos, teólogos y comunidades católicas calificaron el acto de ofensivo, frívolo y profundamente irrespetuoso.
Pero este no es un incidente aislado. Es parte de una estrategia más amplia. Trump, criado en el presbiterianismo, no ha sido un creyente particularmente devoto. Sin embargo, ha sabido manipular los símbolos de la fe con habilidad electoral: posar con la Biblia frente a una iglesia tras ordenar la represión de manifestantes, proclamar una supuesta defensa del “cristianismo amenazado” y rodearse de pastores evangélicos que bendicen sus campañas como cruzadas divinas.
En cambio, León XIV —un teólogo agustino, comprometido con la justicia social, la inclusión y el diálogo interreligioso— representa todo lo que Trump no es: una figura pastoral antes que mediática, un líder espiritual antes que político. Su elección fue interpretada como un intento del Vaticano de reafirmar su autonomía moral frente al ruido del espectáculo. En ese contexto, la imagen de Trump disfrazado de papa no solo fue una falta de respeto a la Iglesia, sino una forma de opacar el mensaje de quien sí representa a la fe católica.
La coexistencia de ambos líderes estadounidenses —uno presbiteriano pragmático y el otro católico doctrinal— abre un campo de tensión inevitable. No por el hecho de pertenecer a credos distintos, sino porque uno representa el uso político de la religión, y el otro su defensa frente al poder secular que busca instrumentalizarla.
¿Qué puede surgir de esta mezcla? Dos caminos posibles: o el choque abierto entre el Vaticano y la Casa Blanca, con consecuencias diplomáticas y culturales de fondo, o una guerra simbólica más silenciosa, donde cada palabra, gesto o encíclica será leída como una respuesta velada a las acciones del otro. Porque mientras Trump busca divinizar el poder político, León XIV parece empeñado en despojar al poder de sus ídolos falsos.
La historia está llena de encuentros y desencuentros entre presidentes y papas. Pero nunca antes el enfrentamiento fue tan explícito en lo simbólico. Y nunca antes el riesgo fue tan alto: que la fe, en vez de unir y elevar, se convierta en espectáculo degradado, manipulado por quienes prefieren disfrazarse de salvadores antes que gobernar con humildad.
La pregunta ya no es si Trump cree en Dios. La pregunta es si cree que puede reemplazarlo.
Imágenes destacadas: https://www.osservatoreromano.va/it/news y https://www.theguardian.com/us-news
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