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Miércoles, 7 de octubre de 2026

La ética de la doble pantalla

La ética de la doble pantalla - Por Stella Ramírez

Por: Stella Ramírez G.

Por: Stella Ramírez G.

Hay silencios que protegen… y ruidos que destruyen.

El reciente comunicado de Caracol Televisión, en el que anuncia investigaciones internas por denuncias de acoso sexual y promete confidencialidad, respeto y debido proceso, no debería sorprender a nadie.

Es lo correcto.

Es lo mínimo exigible.

Es lo que dicta la ley y lo que impone la prudencia cuando hay vidas, familias y dignidades en juego.

Pero hay algo que sí merece ser señalado.

Porque mientras hacia adentro se invoca la intimidad como un derecho sagrado, hacia afuera esa misma intimidad parece no tener el mismo valor.

Cuando se trata de los propios, la palabra es “confidencialidad”.

Cuando se trata de otros —especialmente del gobierno—, la palabra es “primicia”.

Cuando el problema está en casa, se habla de “respeto”.

Cuando el foco apunta hacia afuera, se normaliza la exposición, la filtración, la insinuación.

Esa es la ética de doble pantalla.

Una pantalla para cubrir, otra para exhibir.

No se trata de negar el papel fundamental del periodismo. Una sociedad sin prensa libre es una sociedad a oscuras, así sea para mentir, porque tarde que temprano la mentira se les cae.

Pero una prensa que decide a quién proteger y a quién desnudar según la conveniencia, deja de ser faro para convertirse en reflector selectivo.

Y en ese juego, la verdad deja de ser el objetivo.

Se vuelve instrumento.

El argumento de “interés público” ha sido, demasiadas veces, el escudo perfecto para justificar invasiones a la intimidad que poco aportan a la democracia y mucho al espectáculo.

Porque no todo lo público justifica lo íntimo.

No todo lo noticioso merece ser expuesto sin límites.

Y, sin embargo, cuando el escándalo toca la puerta de los grandes micrófonos, entonces sí aparecen las palabras correctas: prudencia, reserva, respeto.

¿Casualidad?

No.

Costumbre.

La costumbre de medir con varas distintas.

La costumbre de exigir transparencia absoluta hacia afuera mientras se administra el silencio hacia adentro.

La costumbre de predicar ética… pero practicar conveniencia.

El problema no es que se proteja a los propios.

El problema sería que no se hiciera.

El problema es que esa misma vara no se use cuando se trata de los demás.

El problema es que «presuntamente» lo que decidieron publicar, no es nada nuevo, es una conducta repetitiva que las víctimas ya habían denunciado sin ser oídas.

Porque la credibilidad no se construye solo con lo que se dice, sino con lo que se aplica.

Y cuando la ética cambia según el protagonista, deja de ser ética y se convierte en estrategia.

Hoy más que nunca, el país necesita periodismo.

Pero no cualquier periodismo.

Necesita uno que no tenga dos pantallas.

Uno que no cambie de voz según el poder de turno.

Uno que entienda que la dignidad no es un privilegio interno… sino un principio universal.

Porque al final, el verdadero apagón no es digital.

Es moral.

Y a veces, la historia tiene una ironía implacable:

el mismo dedo que durante años señaló… termina inevitablemente siendo señalado.

La pregunta que Colombia se hace es: ¿Porque ocultan los nombres de los «presuntos» acosadores?

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