LA ETERNIDAD Y EL OLVIDO / Víctor Paz Otero, 1993

Por DONALDO MENDOZA
“Espero haya leído mi texto con atención, me gustaría oír sus comentarios.
En Popayán, de alguna manera le están tendiendo una cortina de silencio.
No me extraña, a nadie le gusta que le quiten sus máscaras y lo
confronten con su desnudez”. (En carta a Rodrigo Valencia Q.).
En esas líneas que he puesto como epígrafe, el escritor Víctor Paz Otero (Popayán, 1945) confiesa sus reservas de lo que será la recepción de su novela, por una audiencia que él ya prevé hostil. Paz le da la razón a Borges. Este Tiresias de la literatura advierte de los riesgos que se corren cuando el tiempo en una novela es el presente. Si los personajes aludidos están vivos, los reclamos no se hacen esperar. Dice el escritor argentino que el tiempo que más conviene a la novela es el pasado: así cualquier ‹‹errata›› puede pasar inadvertida para el lector…
Pero no es ese presente (que alterna con el pasado) la única razón del silencio. El verdadero silencio está en la novela, que corre como río crecido en los tres primeros capítulos, con la saga familiar del narrador (desde la segunda mitad del siglo XIX hasta el nacimiento del Yo narrador en 1945), y se interrumpe en el capítulo cuatro con el monólogo que lo abre, porque no tiene suficiente poesía para elevar la monotonía natural de los flujos de conciencia.
Desde la mitad de la novela hacia el final el núcleo familiar se adelgaza y se robustece el Yo narrativo-protagonista: sus estudios interrumpidos en Bogotá, sus aventuras eróticas por París y la crisis existencial potenciada por el colapso de Popayán en 1983.
Otro reparo a la novela es el evidente descuido en el trabajo de edición, que se refleja en errores gramaticales, que si bien no son tantos, tampoco deberían estar. Algunos lectores no ven con buenos ojos la huella de García Márquez en el vocabulario y en las metáforas; considero que esa influencia es perceptible, pero Víctor no se queda en la simple imitación epigonal, sino que la sabe asimilar y encuentra su propia voz narrativa.
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La intención de Víctor Paz parece ser desmitificar la ciudad, con sus familias de abolengo, sus militares y políticos –que para el siglo XIX viene a ser lo mismo–. El propósito pudo haber cuajado si Víctor se mantiene en una perspectiva narrativa mítica; pero para que eso fuera posible, debió primar el punto de vista en pasado. Cuando Paz dice, por ejemplo, que Francisco José de Caldas fue cobarde, homosexual y cornudo, o balancea las glorias y miserias de Tomás Cipriano de Mosquera, en nada socaba la biografía oficial de estos próceres (la que aprendemos en el colegio), en cambio sí enriquece el mito y la leyenda. Otra cosa es cuando los personajes aludidos viven todavía; ahí no se desmitifica ni se quitan máscaras; aquí el riesgo es el escarnio. Que bien puede no suceder si el lector sabe de la trayectoria pública de los aludidos.
Dejo, con ese punto, el final abierto; en la idea de suscitar, ojalá, un debate. Y concluyo diciendo que, la novela La eternidad y el olvido, es una obra que se deja leer, que en las últimas páginas nos regala unas buenas pinceladas de humor patojo. Y que, sin duda, merece estar en el palco de las novelas escritas o por escribir sobre una ciudad que es novelable: Popayán.



