Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
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Que los hombres somos iguales se dijo un día en La Bastilla y se formó la Revolución. ¿Cómo así que el Rascapulgas es lo mismo que el Emperador? Ambos se escriben con mayúscula, pero de mandamás a pordiosero hay un abismo, cualquiera hubiera podido contradecir. Porque las apariencias engañan. De hombre a hombre no hay ni un palmo de diferencia. Esto de los cargos, los estudios, las “dignidades” de que habló el catecismo Astete son asuntos de una cultura de control social perversa, que busca el mejor plato para los de arriba y las migajas para el pobre.
¿Que es diferente la igualdad a la equidad? Sí, nadie lo discute. Eso es cuestión de semántica pero, en el fondo, ambos conceptos apuntan a lo mismo. Nada en el mundo que habitamos es lo mismo. La misma mismidad es la cosa que se compara consigo misma. Por extensión decimos que somos iguales los seres humanos porque tenemos dignidad.
Y más bien, el derecho ha inventado esa otra palabra rara que se llama la Equidad que ni la entienden hoy las famosas cooperativas de trabajo. Con ella se expresa que una mujer merece tanto como un hombre, que un trabajador que rompe sus manos todo el día picando piedra en la cantera, o cortando caña en el latifundio, debe ganar como un ser libre y no como medroso esclavo. Razón tenía el filósofo de Tréveris cuando decía que el salario debe ser “socialmente necesario”, o sea, que le debe bastar para satisfacer no sólo sus necesidades personales sino también las de su familia, como lo hizo saber a su empleador cuando firmó el contrato.
La igualdad, como expresión de la justicia, es un concepto cruel y exacto como un bruto termómetro. “Sólo se dará a alguien retribución por lo que merezca en razón a su trabajo o a la proporción que le corresponda” como invitado al pastel de cumpleaños. La equidad, sin embargo, abre la oportunidad de dar algo más, un “valor agregado”, por el afán mostrado, por el amor con que se hizo el trabajo, por la condición irregular en que debe desempeñar alguien un oficio, como el empacador de un almacén. En estricto derecho de igualdad, al que empaca nuestras compras, no lo liga una obligación para con el cliente, pero es de “equidad” retribuirle con la propina y la sonrisa.
No es la compasión la que regula o la que “mide” el concepto de equidad. Es la solidaridad humana que ve más allá de lo que es la obligación o lo que es deuda o lo que es un “justo” y pactado pago. Sólo quien tiene generosidad y en su corazón habita el sentido de dar más de lo que se pide, comprenderá la fina distinción entre la Igualdad y la Equidad. Como al patrón le suena bien que el trabajador rinda más de lo que estipula el contrato, así el trabajador o el hijo esperan más del rico botaratas o del padre tacañón.
Estas cosas no se enseñan en un púlpito ni se oyen en las aulas de una facultad de contaduría o de alta economía. Allí se oye el rechinar del látigo del PYG para que las cuentas no se desvíen o la compañía se “desfalque” por esas equidades.
Las malthusianas sociedades de consumo y de corte neoliberal cada vez redactan la ley laboral que dirá a boca llena qué es lo “justo y lo debido”. Jamás abrirá la boca el parlamentario que nos “representa” para hablar de equidad. Por eso hay tanta gente en nuestras aceras y en las esquinas recogiendo las sobras de la comida de los sueldos de los padres de la patria y el papel que dejan en la basura nuestros árboles talados.
30-09-09 – 9:58 a.m.




