LA ENSAYIZACIÓN EN LA ESCRITURA


Loco-mbiano

«Que sais-ye?»
Montaigne, lema sobre su lecho
En su blog cultural NTC* el nuquiano-pereirano Gabriel Ruiz nos recrea con la carátula y el prólogo en inglés y castellano del libro de la escritora Christy Wampole La Ensayificación de todo.
Me ha hecho desempolvar dos libros de mi exigua biblioteca: El ensayo, entre el paraíso y el infierno, de la mexicana Liliana Weinberg y Teoría del ensayo del mexicano José Luis Gómez-Martínez, ambos de la Unam.
Desde que oí la palabra y concepto de ensayo a mi profesor de filosofía, Gregorio Acosta, me llamó la atención. Tenía una concepción muy lejana de lo que son los libros y sus contenidos. Me parecía imposible, como meta, llegar a desarrollar un tema y plasmarlo por escrito en un tomo, siquiera. Tenía la idea de que un escritor debía escribir largo y tendido y llenar varios tomos. Como la Summa theologica de Tomás de Aquino o el Ulises de James Joyce.
En cambio, la palabra ensayo era más dúctil en la concepción del liberal, escéptico y humanista Miguel de Montaigne. No era ni soy escritor de largo vuelo y eso me entusiasmó. En el ensayo cabe cualquier tema y se pueden cumplir todos los pasos de un escrito serio y contundente. La introducción, la hipótesis, el análisis de las variables y la conclusión. No se trata, pues, de agotar un tema ni de chapucearlo. Hay que tratarlo con respeto y profundidad. Lo corto no contradice el rigor. Para el lector de ayer y de hoy, leer un ensayo no es una empresa fatigante ni escabrosa.
El ensayo tiene el gran poder de dejar iniciado a su lector. Le deja una, o varias espinas en el refrigerador, que deberá consultar y verificar. Lo dice bien Wampole, el ensayo no pontifica ni en Norteamérica ni en China ni en Argentina o Colombia. Ni sobre ciencia ni literatura ni historia. Su fin es ilustrar y mostrar caminos. No, fijar posiciones ni moralizar.
Es lo que quiso Montaigne. No solo escribir para no repetir lo ya dicho, sino dejar ver su interior y lo que pensaba, sin afeites ni pedantería, ni aceptando las muletillas de moda.
Ensayar, entonces, equivale a probar, a echar el anzuelo con la esperanza de recoger uno o dos regalos y llevarlos en su cesta para una comida frugal. Sin ánimo de coger el mayor ni regodearse de haber ganado medalla por estirar un brazo un día.
Sentarse a cualquier hora del día para el escritor de ensayos suena a festín, a riqueza, mas no a petulancia. Es plantearse un tema, un problema y darle forma para que alguien luego comulgue o rabie, se ría o pifie. Es cosa simple: verter la opinión sobre una mesa y esperar a que alguien la mire y lea. Si alguien responde al llamado, si lo escrito agrada o rechina como un vidrio contra el piso y quien lee lo expresa, se habrá cumplido el ciclo del deseo.
¿Qué más quiso Aladino cuando rozó con sus dedos la lámpara de aceite y salió contento el genio a cumplirle su sueño?
03-01-14 12:25 p.m.
* http://ntc-ensayos.blogspot.com/2014/01/the-essayification-of-everything-by.html



