LA CÍTARA


LA CÍTARA
Es evidente que Sombriel caminaba por entre un mundo lleno de imaginaciones. Parecía añorar conversaciones que sólo eran voces del silencio. Incluso hablaba en voz alta, ensimismado, a veces mirando en lontananza, por una de las ventanas de su castillo medieval:
Si acaso es cierto eso que me dices, ¿puedes enviarme tus nombres que no me susurró el viento?
¿Puedes servirme entre las manos una sonrisa para el día?
Ven, entonces, desde el otro mundo hasta mi puerta donde crece la tristeza; un canto gime entre los goznes que sólo un ruiseñor conoce y no ha vuelto.
Tengo la cítara lista, las palabras que la melodía esconde, y también los cuadros con los rebujones muertos del invierno.
Ven. ¿No conoces el camino? ¿No has visto mi escondite detrás de la arboleda?
Los faroles de la avenida limpian la nostalgia, la brisa traerá las plumas de los ángeles; pero, aun así, tú tendrás que aliviar mis ojos incinerando mil penas en mis venas.
Ven. Mi paraíso está en sombra… las manzanas de oro se agriaron con tu ausencia; y tus sandalias, en un rincón de mohos, las esconde una zarza donde mueren las torcazas.
Yo he dejado de mirar los vientos sabios, los nidos de los pájaros y las banderas que ondean en tus ventanas desde lejos.
Sólo tú puedes traerme ahora las alas que perdí en el pasadizo de los siglos…
Y después oía melodías en su cítara italiana, como tocadas por ágiles manos invisibles…
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