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LA CHICA DE LA TIENDA

Los sueños que soñaba - Rodrigo Valencia Quijano
Rodrigo Valencia
Rodrigo Valencia Q ©

Cuando él la vio por primera vez entre los hippies, pensó: “debe tener una voz hermosa”. Siempre vestida de negro, el humo del cigarrillo la sigue a todas partes, y lastimosamente le mancha con un halo de neblina su piel blanca, casi púber. Y en esa tienda vende cachivaches a los cuales examina el precio para no equivocar su exigua ganancia. Le revela a él una sonrisa, respondiéndole a su pregunta: “Guardo luto eterno por mi país”; pero su risa franca no apoya ninguna sinceridad en su respuesta; es, más bien, un gesto dicharachero, un brocado de palabras fugaces y espontáneas, de esas que no conocen el rigor de la razón, porque su alma es ingenua al aceptar las primeras frases que asoman a sus labios.

“Te deberían llamar el señor oscuro”, le dijo ella una vez, porque dizque “sus ideas no son asequibles a la mayoría de las gentes”; entonces pidió que le hiciera una lista de algunos de sus pensamientos para comprobar su tesis, y he aquí algunos, que él le entrega al día siguiente:

  1. El arte acredita la mentira. La verdad pertenece a otro orden y rigor.
  2. El político certifica la vergüenza. Promesero en plaza pública, su nombre es Legión.
  3. El poeta y el místico se pierden al margen de la realidad; deliran la otredad; no conocen sus límites, pero creen que tienen la verdad.
  4. El filósofo y el predicador embrollan ambos lo absoluto; son molinos de viento en un mundo hecho de sordera predecible, a la medida de sus logros; empañan la probabilidad de la verdad, la ajustan a sus reglas y rótulos privados.
  5. El vidente y el creyente: ambos han perdido la objetividad de las visiones; se prestan a sí mismos a fuerzas que no entienden; extravían la percepción, no cuestionan su ignorancia por miedo a perder su “seguridad”.
  6. El niño es la ingenuidad del proceder; el adulto disimula todas sus mentiras cultivadas, arroja polvo a sus propios ojos y a los de los demás. Ambos son aduladores de su pequeño egoísmo.
  7. ¿Entre el loco y el cuerdo hay un abismo? Ambos son epígonos de este mundo delirante, el lago de la realidad es su propia presunción forzada.

Ella mira la lista un poco con desdén, pero promete sinceramente concederle una lectura, mientras él observa su delgado cuerpo joven, de líneas delicadas y modos extrovertidos. “Debe ser una niña diestra en sueños; sus manos parecen manejar abalorios que retan y aceptan el destino, cualquiera que sea”, piensa. Y entonces él, que es pintor, promete hacerle un cuadro, un óleo o un retrato a lápiz donde suenen las campanas del ángelus, simplemente para poder contemplar su cabello castaño ensortijado, de vientos y tonos renacentistas. Así, él podría medir sus fuerzas tratando de entender esa juventud descomplicada, la dádiva de su sonrisa, esas intuiciones que podría adivinar en el movimiento de sus ojos. “No es fácil atinar ante un alma tan joven, optimista y segura de su desdén ante el momento… Quién sabe si en mí ha visto un viejo loco que cavila imposibles, un pretencioso que esconde sus limitaciones, alguien que no logra la feliz espontaneidad que revela ella en sus guiños al instante”, piensa él.

No es necesario aclarar que hay un abismo entre los dos: ella es una jovencita que se asoma al sol, y él un hombre entrado en años, nocturno, enrollado en su propia estirpe silenciosa. Pero todos los seres habitan un mismo mundo; allí se comulgan sueños y realidades, y es en las grandes distancias donde se pueden avizorar destellos que esconden la unidad. En los inmensos espacios caben todas las desigualdades; en lo pequeño, nada; todo es posible por las grandes diferencias; si no, todo sería igual, lo mismo, y las preguntas serían innecesarias. Así, cuando se ha perdido la juventud se la añora, uno mira hacia el pasado; cuando se la tiene se anda despreocupado, uno pisa el suelo con levedad risueña, la vida se ve como una gran distancia al infinito, al futuro. En ambos casos el presente es el regalo (el “presente”) que se desdeña en la incapacidad para mirarlo con destreza…

En tanto, a ella la guiará la risa; a él, el reflejo de la belleza que busca al declinar los años.

RVQ

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