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martes 27 septiembre, 2016 a las 10:29 am

La ceguera neoliberal del mundo

utopia
Por JORGE MUÑOZ FERNANDEZ jorgemuñozefe@hotmail.com
MATEO MALAHORA / [email protected]

“El mundo no evolucionará ni superará su situación normal de crisis si continuamos utilizando la misma forma de pensar que originó esta situación”: Albert Einstein

Los mitos se han hecho imprescindibles para darle a la humanidad otra oportunidad de vivir mejor, facilitar el ejercicio del poder o justificar las guerras.

Don Tomás Moro, abogado, pensador, poeta y humanista, por allá en los años de mil quinientos se opuso a la Iglesia anglicana, fue acusado de alta traición por el rey Enrique VIII y condenado a la decapitación.

Don Tomás vivió en una sociedad conflictiva, mucho más ofensiva que la nuestra y a él cabe la idea de imaginarse una república diferente, conocida con el nombre de Utopía, consistente en una quimérica isla donde todos los seres humanos disfrutaban de la felicidad en condiciones de igualdad económica, social y política.

Su invención moral era como si hoy pretendiéramos enfrentar la crisis del capitalismo y la modernidad con un modelo de vida armonioso en una isla donde no existiera la actual estructura de la propiedad sobre la tierra, la banca privada, el poder financiero, el mercado y la administración mundial que realizan las multinacionales.

El gobierno del que hablara Tomás Moro era diferente a la expoliación y el engaño que realizaban los gobernantes de Inglaterra. El imaginario de la utópica isla contrastaba con la política, la economía y la cultura de la sociedad inglesa.

Las dificultades del mundo conocido en ese entonces pasaban por el capitalismo naciente, que hasta hoy no ha podido solucionar el problema más agudo de la humanidad, el de la salud, salvo en algunos países, convertido en un negocio voraz por los dueños de la vida.

Desde esa época se acuñó, para beneplácito de los políticos, los magnates de la industria y las empresas de comunicación, el término utopía.

De utopías no está libre Colombia. Doscientos sesenta mil muertos, sin hablar de los siete millones de desplazados internos y cinco externos, que ha permitido que guerrilleros y soldados regresan a casa diciendo: «Otra victoria como ésta y volveré solo a casa«.

Vale decir que Pirro ha ganado otra victoria pero no la guerra y como dicen ahora con amargo sarcasmo: no hay vencedores ni vencidos. Claro, el establecimiento ha quedado intacto.

Max Weber decía que el monopolio de la fuerza era la última potestad a la cual el Estado renunciaba en una guerra. La salud y la educación y otro tipo de servicios son arbitrariamente delegados, pero cuando se renuncia a la seguridad el Estado se derrumba.

Y no fuimos actores de este evento. Durante las conversaciones culminadas en La Habana el Estado colombiano nunca hizo el espectáculo de un Titanic navegando al garete en un mar embravecido y con una Fuerza Pública comportándose como si fueran los músicos.

Claro, aún seguimos como en la época del Medioevo totalmente alienados, esta vez al dinero, las tarjetas de crédito, el patrimonio, las acciones y la riqueza. La comodidad es el paraíso terrenal que nos ha concedido el bienestar. El FMI y el BID son los dioses supremos, mientras los nuevos súbditos viven satisfechos sin importarles angustia de las mayorías.

Esa dialéctica perversa nos hace recordar a Saramago cuando dijo: “Soy tan pesimista que la humanidad no tiene remedio. Vamos de desastre en desastre y no aprendemos de los errores. Disponemos de los medios para solucionar algunos de los problemas de la humanidad y, aun así, no los usamos”.

Y en cuanto a la guerrilla de las Farc y el E.L.N. afirmaba: “El concepto de guerrilla tiene algún sentido de nobleza, es decir, ciudadanos que se organizan para resistir y ser alternativa de poder. No creo que ese sea el caso de Colombia. Aquí no hay guerrilla, sino bandas armadas”. Lo han reconocido.

El mito del neoliberalismo, como remedio creador del crecimiento social, no ha funcionado, a Chile llegó con “sangre, sudor y lágrimas” de las manos del General Pinochet y Kissinger.

En Colombia, César Gaviria realizó la misma terapia sin dolor: desregulación laboral y las privatizaciones. Nuevas normas permitieron a particulares el manejo de basuras, acueductos, alcantarillados y sector eléctrico.

Antes, hasta hace pocos siglos, a proletarios, campesinos y empleados se les obligaba a usar sus manos para trabajar, ahora se les dice que las usen para aplaudir las utopías neoliberales, que cuentan según el Huffington Post con 2.089 multimillonarios, tales como Bill Gates con 85.000 millones y Carlos Slim, dueño de Claro, con un equivalente a 83.000 millones de dólares. El mito: iniciaron su riqueza en un garaje.

Y, sin embargo, tenemos 800 millones de hambrientos y una población de 7.500 millones de analfabetos políticos, con la salvedad de pocos países, que aún creen en la utopía global del neoliberalismo, junto a un grupo de fanáticos que festejan la guerra. Hasta pronto.

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