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Sábado, 3 de octubre de 2026
viernes 16 marzo, 2012 a las 11:39 pm
LA CARACTERIZACIÓN ES LA ESCENA

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

Desde que era niño entraron primero por mis ojos los personajes que las tesis y parlamentos. Unos títeres muy bien confeccionados con coloretes, bigotes, pelucas amarillas y dientes muy visibles quedaron para siempre en mi retina. Se golpeaban la cabeza, gritaban, iban para la derecha, el fondo, se caían y reían con la bocota abierta como una caverna. No me acuerdo de títulos ni de argumentos. Lo que importó para mi niño fue la cara pintarrajeada, la brillantez de los colores, la definición de las figuras.

Luego he asistido a sesiones de prestidigitación con magos de cubilete negro, chaqueta ajustada, camisa de embajador y guantes blancos. No podía faltar la varita delgada con tapas plateadas en las puntas. En las tablas vi a pordioseros muy dignos, a espadachines con calzas multicolores, bombachos bien planchados y zapatos puntiagudos. Bonnie and Clide andaban muy elegantes en carro bien tenido. El Jorobado de Nuestra Señora de París se movía pesadamente, con su cara contrahecha y sus dientes rancios, mas su maquillaje estaba calculado, sobrio o como lo pedía el oficio, la intención o el personaje.

Y, de vez en cuando voy a deleitarme en conciertos de música, recitales de poesía o presentaciones de baile y de cantantes. Claro que ahora, de adulto, he recogido experiencias, he disfrutado de ocasiones únicas para ver celebridades. Como lograr ver a Nemanja Radulovic en el Teatro Monumental de Madrid ejecutando el solo de violín en el Concierto No. 1 en mi Bemol mayor, Op. 5 de Niccolò Paganini.

El director, -escribí-, Walter Weller, hierático, ondeaba sus brazos como un águila. De pronto, hizo una seña y entró en escena el violinista serbio, arcángel de larga cabellera y bucles. Eran su cuerpo, el violín de 1843 que fuera de J. B. Villaume y el arco, un solo espíritu y la silueta de su magia se sentía en la Sala. El cuerpo sobre el violín y el violín sobre su alma eran la sombra de Paganini. Razón tuvieron sus contemporáneos de acusarlo de tener pacto con el diablo. Su luz, su inspiración, su fuerza todavía están vivas en los pentagramas. Los ojos del público y su respiración estaban fijos en el escenario. Nadie se movía mientras el virtuoso extraía la melodía del violín no envejecido. El ambiente estaba enrarecido. La melodía fluía como neblina y envolvía mente y sentimientos. El público estaba embelesado como si fuera realidad el anuncio de que el concierto tendría olor a azufre.

Uno piensa, entonces, si en nuestras aulas y en las clases magistrales que nuestros músicos o cantantes reciben, se les enseña también la importancia de la expresión corporal, la conexión con el público, el cuidado en el uso de los gestos, de mover las manos, de entrar al escenario, de saludar, hasta de limpiarse el sudor, como lo hacía con galanura Pavarotti. La magia no solo sale de un instrumento, de un vestido, de un sitio, sino de la energía del cuerpo, de su movimiento, de su fuerza dramática, del virtuosismo de la garganta, de los dedos que trasmiten un halo de misterio y de placer estético.

Los prospectos nuevos en el arte – hombres o mujeres -, deberán revisar en qué plato están sirviendo el oficio que han aprendido. Deberán llevar, además de la presa saludable, su chaleco reluciente, un rostro amable y exhibir un porte de elegancia como valores agregados.

16-03-12 – 10:01 a.m.
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