LA AVARICIA Y LA HUMILDAD

En su tradicional e importante alocución del pasado 29 de marzo del presente año, Domingo de Ramos, en la Plaza de San Pedro en Roma, el Papa Francisco, quien ya cumplió dos años de su pontificado renovador y dinámico, manifestó de acuerdo a su estilo directo, franco y sin tapujos (sin pelos en la lengua), que “el estilo de los cristianos debe ser la humildad”, complementando esta idea fundamental para nuestros tiempos actuales y “modernos” tan necesitados de esa virtud casi inexistente, con sus palabras: “El camino de Cristo no es el de la vanidad el orgullo y el éxito, la humildad es lo contrario de la mundanidad”.
En el comienzo de esta Semana Mayor o Semana Santa versión 2015 y en general, para estos tiempos tan tumultuosos para el mundo en general, cristiano o no, estas palabras caen como anillo al dedo, dada la propensión de los seres humanos a tener más y más, a mirar “al otro por encima del hombro”, a creerse superior a los demás, por haber conseguido cualquier bien material, por haber ascendido en cualquier empresa, o por haber obtenido una curul, en el caso de los políticos. No olvidemos también que algunos seres humanos, “henchidos de emoción patriótica y de la natural vanidad humana”, así no tengan posesiones materiales, se olvidan que son seres humanos, que pertenecen a la raza humana, iguales que los demás y entonces, adoptan gestos y posturas, a veces hasta ridículas, por ejemplo no saludar a quienes antes saludaban y pasan derecho su camino, como si uno se hubiese convertido en estatua o en un ser invisible y que ellos son de otra galaxia, alejada de la Tierra. Ya lo dijo una vez hace muchos años atrás, en Rey Salomón: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”.
Esa falta de humildad generalizada, en mi concepto personal, es lo que ha producido por ejemplo, el sonado caso del magistrado Jorge Pretelt, quien según las denuncias en su contra, abusó de su investidura como presidente de la Corte Constitucional y recibió un soborno, situación que ha provocado el desbarajuste judicial que ya sabemos y que aún continúa extendiéndose más y más como una gran epidemia institucional, ante la sorprendida y atónita audiencia nacional. En palabras más y palabras menos, simplemente es y ha sido, hasta ahora, el más impactante caso de corrupción en nuestra historia nacional, el cual se convierte, de acuerdo a nuestras reflexiones en estos días sacros, en un caso más de avaricia, uno de los 7 pecados capitales, promulgados por la Iglesia Católica (siendo los otros: la envidia, la ira, la lujuria, la gula, la pereza y la soberbia). En el caso de la avaricia o corrupción, los colombianos hemos sido vapuleados por muchos casos que en su tiempo nos tocaron el alma nacional, como ahora y sin embargo, todavía no hemos aprendido de esas “pecaminosas” historias, que han llenado de ignominia y verguenza a Colombia. Recordemos algunas “perlas”: Cerromatoso, los Nule, Foncolpuertos, la salud, los medicamentos, la mafia en el fútbol, la Altillanura, las regalías, el cartel de los cuadernos, lo de Pretelt, ¿y cuál seguirá?
Esperemos con paciencia infinita que se acabe de una vez la avaricia (corrupción) de algunos malos colombianos y que reine algún día la humildad, propuesta por el Papa Francisco, para que Colombia tenga orea imagen, más límpida y cristalina, ante los ojos del mundo. Amén.





