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Jueves, 22 de octubre de 2026

La antigua tentación por invadirnos

No hay que exagerar los entusiasmos por la transitoria y aparencial reconciliación de nuestro gobierno con la agresiva potencia de...

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La antigua tentación por invadirnos

La antigua tentación por invadirnos

Víctor Paz Otero

No hay que exagerar los entusiasmos por la transitoria y aparencial reconciliación de nuestro gobierno con la agresiva potencia de nuestro poderoso vecino del norte.

No se piense que solo los inefables gringos son los únicos en intentar, planear y ejecutar, invasiones sobre este país bastante errático en tantas cosas y bastante confundido también en muchas, como lo fue de manera tan especial en los tiempos del pasado donde la amenaza de invasiones y la materialización de las mismas fue un hecho recurrente.

Volviendo al pasado hay que recordar cosas como estas: En el pasado, Los Estados Unidos y Colombia firmaron un tratado llamado Bidlack-Mallarino, que tuvo vigencia entre los años 1846-1902. Entre esos años y, aunque nadie lo crea, los gringos realizaron nueve desembarcos de tropas en Panamá, que en ese tiempo el territorio de la nación colombiana. Para ser más exactos, esos desembarcos se llevaron a cabo, uno en octubre de 1856, otro en septiembre de 1860, otro en junio de 1862, otro en marzo de 1865, otro en noviembre de 1901 y otro más en septiembre de 1902. Y Todos aquellos amables desembarcos fueron solicitados por el propio gobierno colombiano, o al menos con su conocimiento y todos igualmente estuvieron relacionados con algunas de las tantas y estúpidas guerras civiles con las cuales nos matábamos para divertirnos en juegos supuestamente destinados a construir la precaria democracia que todavía mantenemos.

El único desembarco no solicitado fue el de 1856, aquel que originó lo que se llamó la guerra del melón, asunto sobre el cual ya escribimos en una de nuestras anteriores columnas.

Parece increíble que los colombianos poco recordemos esos episodios del pasado cuando reformulamos y repensamos nuestras relaciones con nuestro “buen vecino”. Esa oscura memoria histórica no se puede depositar en el peligroso olvido histórico que de manera tan frecuente nos caracteriza. Hemos sido una nación poco adicta a practicar los protocolos de la dignidad en el manejo de nuestras relaciones internacionales. Terminamos por vender el alma nacional por un puñado de dólares. El dolor por habernos dejado robar Panamá quedo eliminado cuando nos pagaron 25 millones de dólares que en algo ayudaron dizque para montar la industria nacional.

Otra cosa, que también es como para no creer, es que no solamente han sido los gringos los que han conjugado contra nosotros la tentación del verbo invadir, sino que la alguna ocasión también lo hizo Italia, lo hizo Inglaterra, lo hizo Francia, lo hizo el Perú y hasta lo hizo Ecuador.

Hablemos brevemente de esas tentativas invasoras de los países nombrados, que son sucesos, entre ridículos y dramáticos, que muy poco se recuerdan en la terrible y triste historia de Colombia y su desdicha consagrada.

El lio con la bella Italia aconteció en el año de 1885. En ese entonces el señor Eliseo Payán ejercía como presidente del estado del Cauca, por algún pretexto de poca monta, Don Eliseo procedió al arresto y a la expropiación de los bienes de un ciudadano italiano llamado Ernesto Cerruti. Se cuenta que procedió de esa forma para castigar la intervención del italiano en la guerra civil que hubo de darse en dicho año. A raíz de tal asunto un buque de guerra italiano llegó hasta el puerto de Buenaventura, amenazando con bombardear el puerto y desembarcar algunas tropas. Logró rescatar al italiano preso en dicho lugar. A su vez el gobierno italiano exigió una indemnización. Se inicia un largo y tortuoso litigio diplomático en el que terminó participando el gobierno de los Estados Unidos, que fue solicitado en calidad de árbitro. Dicho gobierno suscribió un fallo en contra de Colombia. En julio de 1898 una escuadra italiana arribó amenazante a Cartagena para exigir perentoriamente el pago pactado. Colombia al parecer no tuvo más opción que pagar la indemnización, que se estableció en la suma de dos millones y medio de pesos colombianos en favor del señor Cerruti.

El anterior episodio, poco conocido y poco publicitado en los anales de la historia colombiana, pone en evidencia la secular debilidad de nuestros gobiernos frente a la agresividad de los países extranjeros.

También Francia, en otro tiempo y en otras circunstancias, hizo una tentativa de invasión, que igualmente significó cobro de otra costosa indemnización. En próxima columna relataremos los pormenores de este evento.

Todos estos hasta curiosos e insólitos incidentes ponen de manifiesto la peligrosa realidad de convertirnos en una nación muy tentadora para ser invadida y extorsionada por esa especie de mentalidad pirata que de nuevo está de regreso en la geopolítica contemporánea.


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Redacción Proclama del Pacífico

Periodismo verificado desde Santander de Quilichao, Cauca.

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