LA AGENDA DEL ACUERDO FARC-GOBIERNO



Habrá que desenvolver despacito el texto del Acuerdo de La Habana para darse cuenta de su contenido y proyección hacia el futuro. No en vano fueron cuatro años de trabajo, de idas y venidas, de delegados, de expertos de varios temas, de asesorías de países amigos.
Los colombianos solo vimos que delegados del Gobierno se trasladaban hacia Cuba, que guerrilleros se sentaban junto a ministros y personajes de la vida política nacional y de organizaciones extranjeras durante un tiempo que parecía excesivo. ¿Qué menú se fraguaba entre tantas idas y venidas, entre tanto secreteo, al parecer inocuo e improductivo?
Quienes tenemos una edad suficiente para haber visto nacer y crecer la guerrilla, sus ataques, procedimientos y tácticas, sabíamos que detrás de tanta escaramuza había unos programas, unas guías de pensamiento y de estrategias. Durante 50 años tuvieron que aprender de teorías sociales, de adiestrarse y nutrirse de experiencias en países lejanos y cercanos y de adoptar lineamientos que compartieron con los niños, jóvenes y adultos que llegaron a sus filas.
Había consignas, órdenes, cartillas para formar una disciplina en los campamentos. Hubo jefes ilustrados que leían a Marx, a Hegel, a Lenin y que conocieron y trataron con otros guerrilleros de Cuba, Nicaragua, Perú, Argentina, Bolivia y de países asiáticos. De ellos aprendieron y se afirmaron en la lucha armada y su teoría. No eran simples campesinos con barba y ruana al hombro. Sabían de economía, de estrategias de guerra de guerrillas, de armas de corto y largo alcance, de comunicaciones y logística en lugares apartados.
Sabían que algún día el motivo de su huida al monte tendría un fin. O era la muerte en combate o era llegar a un pacto final, a un armisticio, a un acuerdo, mas no a una retirada o a rendirse por simple cansancio o por el diezmo o muerte de sus jefes. No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista.
Sí, era una realidad: Colombia estaba cansada, las Farc estaban cansadas. Había llegado la oportunidad de la capitulación por mutuo acuerdo. No habría vencedores ni vencidos. Pero quedaban sobre el campo unos principios, unas razones, unas ideas que regían y sostenían el andamiaje de la lucha, – así fuera sangrienta -. De ahí que había que sentarse a reflexionar a cambio de qué se terminaba el conflicto. Cuál sería el precio de la capitulación. A cambio de qué se daría a torcer el brazo armado.
Había razones altas para tomar las armas e irse al monte a gritar, a demostrar poder, a buscar maneras de hallar soluciones por la fuerza y la muerte de inocentes para exigir justicia, redención del campesino, igualdad para comunidades y sexos, uso de la riqueza nacional para el bienestar del ciudadano común, pago de impuestos por parte de quienes detentan grandes capitales, garantizar seguridad social, etc. Y eso es lo que hay en ese cúmulo de acuerdos escritos para los cuales las Farc piden el Sí. O vuelven a la seguir la guerra.
Ver abajo, tomado de: www.forjandopaz.com











