Justicia sabia, escondida y muda
EL DULCE ENGAÑO DE
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
La mente humana es una plaza en donde juegan pelota las ilusiones todo el día. Allí se juntan los pesares, las hambres, las noticias, el desempleo, los oasis, la rumba y los delirios de toda clase. No hay camisetas por debajo ni promesas de premios, ni técnico que valgan. La mente está suelta, desnuda, vagarosa y corre como loca sudorosa sobre la resbalosa superficie de su inconciente. ¿Qué fuera del ser humano si no tuviera esta plaza interna para dar salida a anhelos, rabias, frustraciones y fantasías? La imaginación y la razón son los dos equipos que juegan, se ponen zancadilla, se meten goles una a otra y después se sientan en la misma banca a burlarse y secarse entre sí los sudores de sus ingles.
Allí se fraguan convenciones, se dan cita amores que comienzan o terminan, se encuentran las promesas y el pago atrasado, se duerme, se hace el amor o se asesina. Es como en un estadio. Por allí pasan hinchas y sicarios. Se orina, se grita, se alza la bata la emoción y se desgarra el pecho el que apostó a ganar cuando se jugó a perder. ¿No alcanza a ver, usted amigo, a la justicia rengueando “por ahí”? Ella también viene a la cancha a escondidas, como Batman. De vez en cuando hace su aparición sin cuatrimoto y sin Gatúbela con gafas.
Cuál justicia, dirá, usted, buen amigo. ¿Será que
A pesar de todo, en el potrero de la mente van y vienen, pastan y rumian día a día toda clase de fantasmas. Por allá encontró Baltasar Garzón a la justicia el día que dos mujeres le trajeron, cada una de un pié, a un niño recién nacido. –Es mío, gritaba una mientras escupía en el suelo. – Es mío, lloraba la otra secando los ojos con los dedos. El sabio no vaciló un momento. Mandó por el sable justo y amenazó partir de por mitad a la criatura. Y lo entregó sin tutela rápida a la que lo bañó con lágrimas. No demoró mil días ni dejó vencer los largos términos.
¿Por qué será que a
26-09-08 4:35 p.m






