JOSÉ, LECTOR DE SUEÑOS
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Estos días tres de fin de semana sin clases ni trabajo de oficina, sin visitas de enfermos a consultorios, sin pitos de sirenas de ambulancias a toda hora, dejan campo para pensar en asuntos intrascendentes y curiosos. Me acordé de los “cuentos” que en la escuela nos contaba mi profesor de Historia Sagrada, sacados del texto de la época editado por G. M. Bruño.
Me trae a la memoria esas historietas en lenguaje familiar que reprodujo con lujo el mencionado editor con los episodios más edificantes de la biblia. Sin mezcla de comentarios melosos o moralizantes. En lenguaje sencillo, como los contaría un abuelo a sus nietos, lo mismo que una aventura de Sandokán o del Capitán Silver narradas por radio en la voz fabulosa de Carlos Montalván.
Qué pedazos de historias de personajes humanos, sin ínfulas de sagrados y milagrosos o fantásticos. Llegaban frescos y cercanos a nuestros oídos, como si hubieran sucedido a uno de nuestros vecinos. El profesor Quevedo, mi padre, casi repetía al pie de la letra los textos que el librito ofrecía con ilustraciones, con su voz amena y una seriedad extraña. Y sus alumnos, embobados, no perdíamos ni una de las sílabas con que hilaba los relatos. Sus palabras ejercían una fascinación en nosotros los niños que lo escuchábamos absortos.
“José era el undécimo hijo del patriarca Jacob, quien había nacido cuando él ya pasaba de los sesenta años. Por eso lo quería más que a sus otros diez hijos. En ellos, poco a poco fue naciendo un odio por él hasta que lo vendieron a un ismaelita que viajaba en caravanas por el desierto del Madián.
Este lo revendió luego al jefe de la guardia de la corte del faraón llamado Putifar. Llegó a tener prestigio y mando y andaba por palacio entre cortesanas y mercaderes. La esposa de Putifar se enamoró perdidamente de él, mas nunca aceptó traicionar la confianza de su benefactor. Un día ella le arrebató la túnica y se la llevó a su esposo como prueba de que José se había acostado con ella y fue enviado a la cárcel. Allí se hizo admirar por su fácil trato y dotes de interpretación de sueños.
En un primer sueño, le dijo al compañero de penas que en tres días le sucederían éxitos grandiosos y por ello le pidió que se acordase de él cuando estuviese afuera. A otro le advirtió de su desgracia que le llegaría igualmente al cabo de tres días. Al cabo de dos años, el que servía las copas de vino al faraón y a quien le había leído el primer sueño, lo llamó para que le “adivinara” la suerte a su señor. José fue sacado de la prisión, vestido de frac y así se presentó al faraón que le contó su sueño.
José le oyó con atención el sueño que era el presagio de lo que sucedería en los próximos años en su faraonato. Lo previno de sequías e inviernos intolerables en tiempos algo lejanos, pero le anunció un próximo período de siete años de bonanza en cereales y vacadas. El Faraón, entonces, sabio, lo nombró su ministro, le puso su anillo en el dedo, le compró carro y le puso una cadena de oro en su cuello. José ejecutó a cabalidad su encargo y de todos los países llegaban a Egipto a comprar los productos del campo ya que no tenían con qué comer.
22-04-11 – 10:47 a.m.
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